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Cómo salir de la crisis económica

En los últimos años una nueva preocupación se ha instalado en la mente de los españoles, una preocupación que se alimenta día a día con la tertulias radiofónicas, la prima de riesgo, el IBEX 35 y las declaraciones de algún que otro gurú de las finanzas internacionales. 

Hablamos, naturalmente de la crisis económica, un fenómeno que no sólo amenaza a nuestra economía personal sino que también pone en riesgo de zozobrar al barco en el que hasta ahora habíamos navegado, sin poner en duda su solidez.

Ya no se trata, por tanto, de superar nuestros retos personales, sino que por primera vez en nuestras vidas, hemos tomado conciencia de que nuestro destino está indisolublemente unido al de España y al de Europa. 

Pero el problema que de verdad nos roba el sueño es que tanto España como Europa están sumidas en una tempestad económica de la que nadie está seguro de cómo salir.

Aunque es poco probable que en esta tertulia demos con la solución, no por ello renunciaremos a reflexionar sobre este trascendente tema en la esperanza de encontrar alguna luz que nos indique en qué dirección deberíamos navegar para mantenernos a flote, lejos de los afilados arrecifes del paro y la deuda.
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Yack:

Existen, al menos, tantas teorías sobre el origen de la crisis, sus causas y su solución como españoles pensantes. Y de todas esas teorías, creen una gran mayoría de ellos, la peor de todas es la que maneja el gobierno y sus más altos responsables económicos.

Pero este curioso fenómeno sociológico también se da en el fútbol y a estas alturas nadie se sorprende de que sea precisamente el entrenador de un equipo de fútbol el único que desconoce lo que ha de hacerse para ganar los partidos.

Este síndrome autocomplaciente forma parte inseparable de la condición humana y sírvanos este de excusa para proponer nuestra propia teoría, desde la tranquilidad moral que nos otorga el hecho de saber que no va a ser tenida en cuenta y, menos aún, llevada a la práctica, y que por tanto, podemos equivocarnos sin temor a causar daño alguno. Empecemos pues:

El origen de la crisis

¿De dónde viene la crisis? ¿Cuál es el origen?
Y por último: ¿quién o quiénes son los autores intelectuales de tamaño desaguisado?, si es que pertenecemos al nutrido grupo de los que buscan los orígenes en una insidiosa conspiración urdida por mentes perversas y maquiavélicas.

He aquí nuestra posición de entrada: Una sociedad avanzada, como es España, debe entenderse como un conglomerado hipercomplejo de personas, máquinas y recursos que interaccionan entre sí con el único fin de satisfacer los deseos y las necesidades de sus ciudadanos, hasta donde esto sea posible.

La mayoría de los bienes y servicios que se producen en una sociedad avanzada (digamos un 99%) son generados por las máquinas, y la mayor parte de la energía que mueve esas máquinas proviene del petróleo, el carbón, la energía atómica, los saltos de agua y, en menor cuantía, de otras energías alternativas.

Es decir, que los humanos sólo realizamos aquellas tareas (cada vez menos) que las máquinas aun no saben ejecutar, y en su realización solemos utilizar pequeñas cantidades de energía orgánica (pensar, teclear, rellenar impresos, atornillar, hacer la compra en el supermercado, desplazarnos al lugar del trabajo, etc.).

Y de lo anterior se sigue que la abundancia en la que vivimos (comparándonos con épocas pretecnológicas como la Edad Media o más remotas aún, como el Paleolítico) proviene de la interacción sinérgica entre máquinas, materias primas, energía e inteligencia. 

Entonces, si las materias primas y la energía no se han agotado y las máquinas siguen intactas, ¿dónde reside el problema? ¿qué causa la crisis económica? ¿por qué razón se producen periódicamente crisis en las economías avanzadas?

·      Contrariamente a lo que se suele creer, el origen de la crisis no hay que buscarlo en los políticos corruptos e incompetentes, ni en los codiciosos empresarios y ni siquiera en los malvados especuladores sino, como veremos enseguida, en una ancestral peculiaridad de la psicología humana.

Consideremos en primer lugar el hecho cierto de que la psicología básica de los habitantes del siglo XXI fue configurada y puesta a punto en épocas muy remotas. Épocas en las que no existían máquinas, combustibles ni tecnología avanzada más allá de sencillas herramientas de madera, piedra y hueso. 

En aquellos tiempos, el hombre se veía obligado a usar su fuerza muscular para extraer de la tierra el alimento que a duras penas le permitía sobrevivir, día a día, entre hambruna y hambruna.

En el entorno, escaso en recursos, en el que la especie humana se desarrolló, la norma básica de supervivencia era consumir durante los periodos de abundancia y ahorrar (consumir menos) en las épocas en que se sufría o se barruntaba escasez

Con la invención del dinero y la superación de la economía del trueque, se dio un gran paso hacia adelante para sentar las bases de una economía más próspera, basada en el intercambio rápido y fluido de bienes y servicios. 

Sin embargo, el dinero esconde en su interior una bomba de relojería que se activa cíclicamente, y que constituye la causa fundamental de las crisis financieras y monetarias que azotan periódicamente a las economías capitalistas más avanzadas.

El origen del problema hay que situarlo en el hecho de que cuando percibimos (o creemos percibir) el advenimiento de una época de vacas flacas, reaccionamos acaparando dinero, en lugar de trigo, carne en conserva o frutos secos, como se hacía antaño. 

La razón por la que acumulamos dinero en lugar de comida, hay que buscarla en el hecho de que confundimos el dinero, que sólo es papel, con un auténtico bien, como podría ser el trigo, el aceite o la carne ahumada. 

Pero, insistimos sobre este punto, porque es un concepto crucial para comprender la naturaleza de la crisis: el dinero no es un bien en sí mismo (aunque pueda parecérnoslo) sino una convención social que nos permite intercambiar bienes y servicios reales con mayor fluidez que la que haría posible el viejo sistema de trueque.

¡Atención a lo que sigue! Si en el seno de una sociedad basada en el dinero como medio de intercambio, un grupo mayoritario de ciudadanos presiente la llegada de un periodo de escasez, se activa automáticamente, en sus mentes paleolíticas, el modo "ahorro"

Este hecho crucial significa que, en lugar de continuar gastando su dinero (consumiendo) al mismo ritmo, activan la táctica del ahorro, es decir, de reducción del consumo, con el fin de afrontar la escasez que supuestamente se avecina. 

Y como respuesta inmediata a esta conducta, se produce una reducción del consumo de los bienes y servicios menos necesarios (relojes de oro, joyas, coches de lujo, restaurantes, viajes de placer etc.).

La consecuencia de la reducción masiva del consumo es que el sistema productivo se ve obligado a ralentizar su ritmo para acompasar la producción a la decreciente demanda. Pero la disminución del ritmo de producción tiene un efecto perverso: deja sin salario a muchos trabajadores, debido a que los ingresos de las empresas disminuyen como consecuencia de la política de ahorro de su clientela. Pero esto sólo es el comienzo de la crisis. 

A medida que se incrementa el número de parados, más se reduce el consumo y más aumenta la percepción de inseguridad en la población que aún conserva su empleo, lo que genera una espiral imparable de ahorro y de progresivo estrangulamiento del consumo y de la producción.

El resultado de este proceso circular es la formación de un ciclo de debilitamiento y frenado de la maquinaria económica cuyo efecto más grave es la generación de paro y pobreza. Y eso a pesar de que toda la maquinaria productiva sigue intacta, los trabajadores y los empresarios continúan interesados en incrementar la producción y las materias primas continúan disponibles.

Entonces, el conjunto de la sociedad, incapaz de comprender lo que está ocurriendo, en un intento desesperado de diagnosticar y dar solución a la crisis económica que se agrava día a día, pone en marcha un proceso de caza de brujas y de autos de fe. Se analiza con lupa la conducta de los individuos, de las empresas y de las instituciones públicas en busca de los responsables de la catástrofe. 

Inevitablemente se descubre corrupción, imprevisión, despilfarro y avaricia, e inmediatamente después, se inicia una cruzada contra los responsables y contra las estructuras involucradas.

En no pocos casos, la panoplia de acciones, castigos, persecuciones y reformas urgentes que se ponen en marcha, solo ayudan a desmantelar sistemas que funcionan y a sustituirlos por otros que son fruto de la improvisación y de modelos económicos trasnochados, que pueden agravar aún más la crisis al aumentar el caos, la inseguridad y la inestabilidad del sistema.

Y para empeorar aun más la situación, los medios de comunicación y los blogueros, en su afán de vender más o de aumentar el tráfico en sus tribunas digitales, buscan y publican las peores noticias, las amplifican y las distorsionan tanto como sea necesario para arrojarlas en las fauces insaciables de su clientela sedienta de sangre. Una clientela angustiada e indignada a partes iguales, que busca culpables en los que saciar su sed de venganza, comenzando por los poderosos que han caído a los pies de los caballos.

Es el momento perfecto para un ajuste de cuentas a gran escala que, en no pocos casos, ha degenerado en un baño de sangre multitudinario.

Pero no hay que dejarse seducir por la sugerente idea de que la crisis es responsabilidad de legiones de malvados especuladores y corruptos sin escrúpulos, y que la solución pasa por perseguirlos hasta darles su merecido. Y la razón de ello es que toda esa fauna ha existido siempre, tanto durante las crisis como en las épocas de prosperidad.

La auténtica razón de las crisis económicas en los países avanzados reside, en último término, en el acaparamiento de dinero y en el ahorro generalizado que se desata cuando la población "percibe" una reducción (real o imaginaria) en las expectativas de crecimiento y prosperidad.

Esta reacción en la dirección de reducir el consumo, que podría ser adaptativa en el seno de una economía preindustrial, se vuelve devastadora en una economía avanzada de corte occidental, basada en la producción sostenida de bienes y servicios no esenciales, generados en su mayor parte por máquinas y procesos industriales refinados.

Las economías occidentales son capaces de producir cantidades ingentes de riqueza con la única condición de que los consumidores mantengan o incrementen el ritmo de consumo, dado que el 99% del trabajo productivo lo realizan las máquinas y estas multiplican su capacidad día a día, al ritmo de los avances tecnológicos. 

Y además, y esta es otra clave para entender las crisis, una gran parte de la producción de las economías desarrolladas está dedicada a bienes y servicios completamente prescindibles (móviles de última generación, pantallas planas de alta definición o conciertos de rock) que facilitan una contracción rápida y significativa del consumo al menor signo de alarma. Es decir, los consumidores no reducen la cantidad de pan cuando aumenta la prima de riesgo, pero sí cancelan el viaje de vacaciones o la compra de un televisor inteligente de última generación.

Y si, como hemos visto, la razón última de la crisis económica mundial que estamos padeciendo es el retraimiento global del consumo, cabe preguntarse: ¿por qué se ha producido ese retraimiento?

La respuesta es similar a la que se daría a la pregunta ¿por qué, precisamente hoy, ha tenido lugar el alud de nieve o ha entrado en erupción el volcán?

En algún momento del pasado se produjo un pequeño cambio o un conjunto de pequeños cambios que, por casualidad, se combinaron y llegaron a crear un minúsculo decrecimiento puntual en un sector de la economía de EEUU.  

Esta reducción en las expectativas de crecimiento provocó un retraimiento preventivo del consumo sectorial que, a su vez, disparó algunas alertas macroeconómicas, lo que a su vez alertó a los omniscientes operadores del mercado especulativo que, anticipándose para evitar posibles pérdidas, retiraron inversiones a gran escala y sincronizadamente. 

En razón a la elevada conectividad y a los masivos sistemas de inteligencia artificial involucrados en la toma de decisiones en la economía actual, fuertemente interconectada a través de la Red, la situación se descontroló en muy poco tiempo. La desconfianza en el futuro se extendió como una mancha de aceite a Europa y a todos los países de economías avanzadas, dando lugar a una crisis mundial en toda regla, caracterizada por la reducción brusca del consumo y la consiguiente activación del peligroso ciclo de ahorro-paro.

La solución, desde esta perspectiva, parece obvia: inducir desde los Estados involucrados el cambio de las creencias pesimistas de los ciudadanos para que vuelvan a los niveles de consumo anteriores a la crisis, pero ¿cómo? 

El keynesianismo es una de las fórmulas más recomendadas (que no recomendables) para atajar el problema del estrangulamiento del consumo y de sus nefastas consecuencias.

La estrategia keinesiana prescribe que el Estado genere el monto de actividad económica que la ciudadanía ha reducido como consecuencia de la estrategia de ahorro que ha puesto en marcha. Y para conseguirlo, el Estado ha de seguir el procedimiento de auspiciar y financiar todo tipo de obras públicas tales como carreteras, infraestructuras, contratación de funcionariado innecesario, etc.

El objetivo de esta hiperactividad estatal es el de generar puestos de trabajo, pagar nuevos salarios y confiar en que los ciudadanos que reciben esos salarios incrementen el consumo y ayuden a restablecer el ritmo productivo anterior a la crisis. Sin embargo, esta estrategia no funciona por dos razones:
  • Los bienes y servicios que genera el Estado no son los que los consumidores demandan, por lo que, en realidad, no reactivan el consumo. La razón por la que el Estado no puede generar bienes y servicios demandados por los consumidores es porque si así lo hiciera, robaría puestos de trabajo a las empresas que aún siguen funcionando y en tal caso sólo conseguirían destruir puestos de trabajo en el sector privado que aun sobrevive, sin aportar nada positivo.
  • Los consumidores no volverán al ritmo de consumo anterior a la crisis hasta que vean con sus propios ojos que ha regresado la prosperidad real, es decir, que el futuro se ha vuelto prometedor y que ha llegado la hora de consumir y de arriesgarse a adquirir productos que no son estrictamente necesarios (un nuevo televisor, otro teléfono móvil de última generación, etc.).

    Y para que se produzca ese cambio en la mente de los consumidores, tienen que comprobar, por sí mismos, los signos reales de recuperación. Por ejemplo, que el vecino se compra un coche nuevo y se va de vacaciones, que las tiendas y los restaurantes están a rebosar, que sus hijos encuentran empleo y que nadie habla ya de crisis sino de prosperidad y de curvas de crecimiento generalizado. En pocas palabras, tienen que reconocer el paisaje característico de la prosperidad.
Otras alternativas para solucionar las crisis pasan por liberalizar la economía y dejar que sea el propio mercado quien arregle el desaguisado, pero el inconveniente de esta solución es que puede transcurrir demasiado tiempo hasta que se restablezca la prosperidad. Recordemos que la crisis no acabará hasta que la ciudadanía recupere su confianza en el futuro.

Y llegados aquí, debemos retomar nuestro modesto propósito que era, recordémoslo, sacar de la crisis a nuestro bendito país, España.

Pero comencemos nuestra titánica tarea haciendo un poco de historia para situarnos en el escenario actual. 

Establezcamos, en primer lugar, que la peculiar situación económica de España se explica, en parte, por un hecho nuevo que no había estado presente en crisis anteriores: pertenecemos a un club de países (la CEE) y compartimos con ellos una única moneda (el euro). 

Esto significa que no podemos aplicar las recetas keynesianas que recomiendan a los estados fabricar billetes con los que pagar los salarios de los trabajadores a los que ha contratado para realizar obras públicas innecesarias y de dudosa utilidad.

Recordemos que estos trabajadores "por decreto" no responden a una demanda real de la sociedad, sino que se les encomiendan trabajos que nadie necesita, y por lo tanto, no aportan valor real a la economía del país. Además, la ciudadanía en su conjunto, sigue rehacía a gastar su dinero en cualquier cosa que no sea estrictamente necesaria, aún en el caso de disponer de recursos suficientes.

Y si España no puede fabricar billetes, porque pertenece a la zona euro, el Estado se ve obligado a pedir prestado a otros países para pagar a esos trabajadores que ha contratado con el único fin de reactivar la economía estancada.

Esta fue la fórmula que aplicó Zapatero, y en su empecinamiento keynesiano acabó con las reservas monetarias del país y tras pedir prestado a todos los países europeos, nos endeudó hasta llevarnos a la quiebra y a la insolvencia. 

Cuando el crédito extranjero se agotó, dado que nadie se fiaba de prestarnos más dinero, Zapatero se vio obligado a dar por terminado el experimento keynesiano, pero para entonces habíamos acumulado una deuda gigantesca (que había que pagar con intereses) y un paro como jamás este país había conocido.

El inconveniente (o la suerte) de pertenecer a la CEE, impidió al gobierno poner a trabajar la máquina de fabricar billetes (pesetas) para continuar con el experimento keynesiano. Esta política probablemente nos habría llevado a una inflación descontrolada y a sucesivas devaluaciones de la peseta lo que tal vez nos hubiese conducido a un escenario aun peor del que ahora sufrimos.
Pero esto, como todo lo que no llega a ocurrir, es y seguirá siendo objeto de interminables polémicas teóricas en las que no vamos a detenernos.

Y volviendo a Zapatero, añadiremos que no pudo continuar con su táctica de crear empleo ficticio porque la máquina de fabricar billetes estaba en manos del Banco Europeo y sometida a controles muy estrictos. Y estas restricciones se habían establecido en la CEE para evitar que los países más endeudados, recurrieran al sencillo procedimiento de fabricar más euros para solucionar sus problemas de productividad, siguiendo el modelo keinesiano.
Y esto se comprende fácilmente si recordamos que el euro es la misma moneda en países tan diferentes como Alemania y Grecia. Si Grecia pudiera fabricar euros con la misma facilidad que antes fabricaba dracmas, el efecto de devaluación monetaria también lo sufriría Alemania, que no tiene problemas de productividad, de deuda ni de paro, porque los alemanes apostaron por la solución de trabajar más y mejor en lugar de aplicar las soluciones mágicas de Keynes, como hizo Zapatero jugando a aprendiz de brujo.

Volviendo a la crisis económica que padece España, cabe decir que se centra en dos aspectos fundamentales:
  • Una altísima tasa de paro que deja a muchos españoles sin ingresos suficientes para mantener un ritmo de consumo normal. Esta importante restricción del consumo, incrementa aún más el paro y potencia el temible circulo vicioso de menos consumo-más paro-más incertidumbre-menos consumo.
    Además, los ciudadanos que disponen de recursos, también se sienten inclinados a conservar en lugar seguro esos recursos en espera de mejores tiempos. Un ejemplo esclarecedor de lo dicho anteriormente se manifiesta en el hecho de que casi nadie, aún disponiendo de dinero suficiente para hacerlo, compra viviendas, dado que las expectativas apuntan a que los precios seguirán bajando.
  • Una deuda exterior gigantesca que hay que devolver con intereses y que al día de hoy sigue incrementándose. Esta deuda se ha producido como resultado de pedir préstamos a otros países con la vana ilusión de romper el círculo vicioso paro-ahorro, por el dudoso procedimiento de disparar las inversiones públicas, según el modelo keynes-Zapatero.

    Ahora ya sabemos con certeza que la solución keinesiana puesta en marcha por Zapatero no era buena y que además de haber incrementado el paro en lugar de reducirlo, ha agotado nuestra capacidad de endeudamiento, es decir, que nadie se fía de prestarnos más dinero porque no cree que se lo podamos devolver. Pero aún así, seguimos gastando más de lo que ingresamos, es decir, cada año nuestra deuda y los correspondientes intereses se incrementan aún más.
Y descrito ya el escenario actual de la crisis, consideremos algunas de las medidas que convendría aplicar en España para salir de nuestra particular crisis, aunque somos conscientes de que muchas de estas soluciones no son políticamente viables. 

Y con esto queremos decir, que de aplicarse, las fuerzas políticas y sindicales de izquierda tomarían la calle y extorsionarían al gobierno legitimo mediante sabotaje masivo para que no llevara a cabo estas medidas. Y no por razón de que les parecieran medidas inadecuadas, sino por todo lo contrario, es decir, porque temen que funcionen y eso acabe con sus escasas expectativas políticas, que dependen casi por entero, del nivel de malestar de la población.

Veamos, pues, esas medidas organizadas por temas:

Impuestos

En el imaginario colectivo, los ricos son los ciudadanos que ganan o poseen mucho dinero o bienes tangibles. 

Y dado que no es justo (según el imaginario colectivo) que haya individuos que acaparan cantidades desproporcionadas de la riqueza disponible, mientras otros apenas tienen lo necesario para sobrevivir, parece lógico y obligado, esquilmar continuamente a los ricos para redistribuir, entre los más desfavorecidos, el exceso de riqueza que acaparan.

De acuerdo con este modelo, los impuestos deben grabar a los que más ganan y aquí cabe recordar que el IRPF es un impuesto progresivo, pudiendo llegar a confiscar hasta el 56% del salario, cuando este rebasa los 300.000 euros al año.

Estos impuestos se emplearán en financiar los servicios que el Estado presta gratuitamente a los ciudadanos y en multitud de subvenciones y prestaciones de lo más variopinto que el Estado "estima" que conviene repartir según su propio criterio.

Pero enseguida veremos que este modelo de gestión de la riqueza adolece de graves errores que resultan, a la larga, contraproducentes para los intereses de la ciudadanía en su conjunto.

Consideremos que una sociedad, como sería el caso de España, genera anualmente una riqueza R (bienes y servicios) y que los ciudadanos C1, C2, C3...Cn, consumen esa riqueza en diferentes proporciones.

Provisionalmente, y a efectos de desarrollar la tesis con mayor claridad, llamaremos ricos a los que "consumen" mayor cantidad de bienes y servicios, con independencia de lo que ganen o posean

Además, definiremos "consumir" como destruir (comerse un kilo de caviar o de pan, por ejemplo) o usar (tener diez relojes de lujo en la mesilla de noche para cambiar de look cada día de la semana).

Ahora imaginemos dos ejemplos extremos que nos servirán para ilustrar nuestra tesis:
  • Un excéntrico millonario que posee 100 millones de euros en el banco, gana anualmente 2 millones de euros y, por ser un tacaño compulsivo, sólo consume 6.000 euros al año.
  • Un trabajador de clase media que no posee ningún patrimonio, gana 20.000 euros al año y consume exactamente esos 20.000 euros.
La pregunta que ahora trataremos de responder es: ¿quién de los dos ciudadanos debería pagar más impuestos? ¿Cual de ellos es más rico?

Recordemos que el trabajador de clase media consume 20.000 euros mientras que el supermillonario sólo consume 6.000 euros (tres veces menos).

En este ejemplo se aprecia con claridad que lo que se posee o lo que se gana no afecta al resto de ciudadanos españoles porque estas magnitudes sólo son billetes de papel, asientos contables en bancos, o bienes de producción, como por ejemplo, una fábrica de relojes, que destina su producción al resto de ciudadanos y no a su propietario.

Lo único que debe contar a la hora de redistribuir equitativamente la carga fiscal, ha de ser la cantidad de riqueza (bienes y servicios) que cada cual consume (destruye o acapara para uso propio) de la riqueza generada por el conjunto de la sociedad.

Naturalmente, debe darse un tratamiento diferente a un enfermo que consume un tratamiento médico costoso (algo obligado por las circunstancias) que a alguien que gasta su dinero en un coche de lujo, que representa un despilfarro innecesario que ha de asumir el resto de la sociedad. 

Si en lugar de un coche de lujo adquiriese otro que costase la quinta parte, la sociedad dispondría de esas cuatro quintas partes sobrantes para consumo sin que eso supusiese una diferencia significativa en prestaciones para el propietario-consumidor del automóvil. Tampoco un reloj de oro y diamantes, cuya utilidad es dar la hora, supone una ventaja relevante para el usuario respecto a un reloj de acero o incluso de plástico, 200 veces más económico.

Por otra parte, si esquilmamos a los ciudadanos que ganan más (porque son más productivos y generan más riqueza para la sociedad) estamos dándoles motivos para que trabajen menos, se trasladen a otro país con menos presión fiscal y oculten sus beneficios al fisco.

Si, además, gravamos con impuestos a las empresas en función de los beneficios que obtienen, estamos generando varios problemas graves:
  • Penalizamos a las empresas más competitivas y favorecemos a las menos eficientes, al reducir su carga fiscal.
     
  • Reducimos la competitividad de las empresas más eficientes y con ello lastramos su capacidad exportadora, estimulando con ello las importaciones, lo que provoca un aumento de la deuda externa.
  • Como efecto adicional, venderán menos, reducirán su actividad económica y tendrán que despedir empleados, lo que incrementará el paro.

Todos estos inconvenientes se reducirían o evitarían si se eliminaran los impuestos directos (por lo que se tiene o lo que se gana) y se sustituyeran por los indirectos sobre el consumo.

Y repetimos aquí que estos impuestos indirectos (IVA o similares) estarían tasados en función del nivel de lujo que supusiese cada tipo de recurso o servicio consumido. Por ejemplo, una barra de pan podría ser grabada con un IVA del 5% mientras que un coche de lujo lo sería en un 200%. 

Consideremos un caso diferente: Una vivienda destinada a alquiler no debería generar impuestos para el propietario, sino para el inquilino porque está siendo usada (consumida) por este y no por el propietario. A una segunda vivienda, sin embargo, sí se le impondría un fuerte impuesto, en función de su valor catastral, dado que estamos ante un claro ejemplo de despilfarro al ser usadas dos viviendas por un único propietario, cuando podría dar cobijo a dos familias por el mismo coste social.

La idea clave a tener en cuenta es que sólo se pagarían impuestos por el consumo (destrucción o uso personal de bienes y servicios) y el tipo aplicado estaría en función del grado de despilfarro que supondría en relación con el nivel medio de la economía del país. 

De esta manera, los impuestos al consumo tendrían un efecto disuasorio sobre el gasto suntuario y el despilfarro, que no es otra cosa que gastar los recursos sociales en bienes innecesarios (un collar de diamantes) o más costosos de lo necesario (un reloj de oro).

En resumen, gravemos el consumo en función del lujo que representa e ignoremos los ingresos de los individuos y de las empresas puesto que estos sólo son una medida de la cantidad de riqueza que han generado para el disfrute de la sociedad.

Esta forma de distribuir la carga impositiva atraerá inversión y empresarios, estimulará el trabajo productivo, evitará el fraude, reducirá la deuda y el paro y promocionará una mayor reinversión en los sectores productivos por parte de las empresas.

Adicionalmente, para optimizar el sistema impositivo, convendría grabar con mayores impuestos los artículos y servicios que importamos (electrónica de última generación, por ejemplo) y reducirlos en aquellos otros que se realizan en su totalidad en nuestro país (servicios turísticos, construcción, artesanía, etc.). En buena lógica, consumir productos de importación, supone un despilfarro en una economía con una fuerte deuda con el extranjero. 

En definitiva, de lo que se trata es de potenciar la actividad económica que utilice recursos del país y frenar el consumo de aquella que provenga del extranjero, con objeto de mejorar la balanza de pagos y el paro.

Una última observación: cuando se graba a un ciudadano rico, se suele pensar que se le está privando de parte de su inmensa riqueza y reutilizándola en servicios sociales gratuitos. 

Pensemos que los impuestos directos que pagan los ricos se detrae de sus inversiones en empresas productivas o del dinero que tienen depositado en cuentas bancarias. Pero, no debemos olvidar, que el banco invierte ese dinero en la economía productiva vía préstamos a empresas y particulares y al pagar sus impuestos, el rico reduce el saldo de sus cuentas bancarias y de sus inversiones en economía productiva. 

Es decir, que la recaudación que consigue el Estado a través de impuestos directos no se obtiene por el procedimiento de rebajar el consumo suntuario del rico, sino que se está extrayendo de la economía productiva (generando más paro y menos productividad) e inyectándolos, vía burocracia estatal, en subvenciones y servicios de dudosa utilidad y bajísima productividad.

Trabajo

Como herencia malsana del marxismo y de las diferentes teorías socialistas, la inmensa mayoría de los españoles siguen viendo al empresario como un explotador, egoísta y codicioso que abusa de una pléyade de trabajadores buenos y honestos, de acuerdo con el modelo de la Lucha de clases y de la explotación de la clase trabajadora por parte del empresariado.

Según este modelo, el Estado con la inestimable ayuda de los sindicatos, debe "proteger" a los desvalidos trabajadores para evitar, o al menos limitar, el abuso de poder que los empresarios ejercen sobre los asalariados, desde su posición de fuerza.

En respuesta a este modelo decimonónico tenemos una legislación extensa, compleja y costosa de aplicar que lastra la productividad de las empresas y disuade a muchos emprendedores de iniciar o continuar con su proyecto empresarial de creación de riqueza.

Un análisis objetivo de la realidad económica, definiría al empresario como alguien que tiene la visión necesaria para descubrir oportunidades de crear riqueza y la capacidad para poner su proyecto en marcha venciendo todas las fuerzas y dificultades que se oponen a su éxito, empezando por la competencia y terminando por la legislación laboral.

Idealmente, el mercado del trabajo debería ser tan libre como el de los tomates o el de las aspiradoras. El trabajador ofrece en el marcado laboral su trabajo, sus conocimientos y su tiempo, y el empresario acude al mercado para adquirir ese servicio laboral, pagándolo al precio de mercado, es decir, acordando libremente con el trabajador unas condiciones de intercambio libremente propuestas y aceptadas por ambas partes tras un proceso de negociación.

En un mercado libre de trabajo, los salarios aumentarán cuando crezca la demanda de trabajo y bajarán cuando la oferta se reduce, de igual manera que los tomates suben de precio cuando aumenta el diferencial demanda- oferta y bajan cuando se reduce, al margen de que el productor pierda o gane dinero en su negocio de explotación agrícola.

Si se aplicaran al mercado de los tomates los mismos principios que rigen el mercado laboral, cuando hubiese un exceso de tomates, en lugar de bajar los precios, el Estado obligaría a mantener el precio y el resultado sería que gran parte de la cosecha se pudriría en los estantes (el equivalente del paro).

Volviendo al mercado laboral, si un empresario no ofrece buenas condiciones a sus trabajadores, estos se irían a otra empresa de la competencia que les ofreciera contratos más ventajosos. Para evitarlo, los empresarios que ofrecen los salarios más bajos, se verían obligados a subirlos. Es lo mismo que ocurre de manera pública y notoria con el salario de los jugadores de fútbol en relación con los clubes.

Por otro lado si el trabajador no realiza bien su trabajo, el empresario lo sustituye por otro más eficiente, y como resultado de este proceso, se conseguiría que los buenos trabajadores reemplazaran a los más ineficientes y con ello se incrementaría la productividad, lo que aumentaría la generación de riqueza y la exportación, con el consiguiente incremento de los puestos de trabajo y la reducción de la deuda.

Y este simple mecanismo de despido libre, tiene el efecto benéfico de que los trabajadores despedidos se dirijan hacia los sectores económicos en expansión, que es donde existe mayor demanda, y abandonen aquellos otros en declive, en lugar de luchar por la conservación a toda costa de sus obsoletos puestos de trabajo. 

También motivaría a los trabajadores a formarse mejor para desempeñar aquellos trabajos donde existe más demanda en lugar de atribuir la culpa de sus males al Estado o a los empresarios.

Si dejáramos que los salarios se estableciesen libremente, habría trabajo para todos, aunque se cobrara menos. Pero si los salarios disminuyen, los bienes y servicios que generan las empresas serían más baratos, lo que facilitaría la exportación y se reduciría la deuda que pesa sobre la economía española. 

También a los propios españoles les sería más fácil adquirirlos, lo que compensaría en buena la reducción del salario, contando además con que el Estado tendría que pagar menos desempleo y, por tanto, podría reducir la presión impositiva sobre los ciudadanos que aun conservan su empleo.

Por el contrario, mantener salarios artificialmente altos mediante huelgas, extorsión sindical y leyes para regular el mercado, sólo genera paro, nos resta competitividad y lo único que se consigue es que sólo una parte de la población pueda trabajar. Además este afortunado sector tendrá que mantener con su esfuerzo a la legión de parados que no encuentran trabajo por razón de esa legislación "protectora". 

La mejor protección para un trabajador es un mercado libre en el que pueda encontrar y elegir trabajos, entre una amplia oferta, que se adapten a su capacidad y vocación.

En el supuesto de que hubiese una grave crisis económica y se generase paro coyuntural, pese a la liberación total del mercado laboral, el Estado prestaría a los parados una cantidad razonable para subsistir hasta que encontrasen un nuevo trabajo, momento en el cual comenzarían estos a devolver lo recibido en forma de una pequeña cuota que no incidiera significativamente sobre su economía doméstica. 

De esta forma, se acabaría con todo el fraude que envuelve al subsidio de desempleo y dejaría de ser un incentivo para que el trabajador rechace las ofertas de trabajo mientras disfruta de la prestación por desempleo, como ahora ocurre en un alto porcentaje de casos. En la actualidad muchos trabajadores se toman el paro como unas larguísimas vacaciones pagadas o como un suplemento a lo que ganan en la economía sumergida.

Y en cuanto a los sindicatos, cuya función es extorsionar a los empresarios, al gobierno y a la ciudadanía, so capa de defender a los trabajadores, habría que retirarle todo tipo de privilegios y subvenciones, dejándolos subsistir con el dinero de sus afiliados.

Por otra parte habría que promulgar una ley de huelga que acabara con la patente de corso con la que los sindicatos violan la ley, amenazan y extorsionan a los trabajadores, a los empresarios, a la ciudadanía y al Estado, investidos de una impunidad sacrosanta sustentada en el falso paradigma de que ellos están de parte de los trabajadores en la sempiterna Lucha de clases, según reza la desacreditada teoría marxista.

Adicionalmente, desde el Estado debe alentarse, a través de la legislación y de la estructura impositiva, los trabajos que cumplan estas condiciones:
  • Realizados por españoles, porque dar trabajo a inmigrantes no soluciona el problema del paro en España, sino que lo agrava, y además buena parte del salario que perciben los inmigrantes lo envían a los países de origen, impidiendo así que revierta en el bienestar de los españoles.
     
  • Que utilicen materias primas, tecnologías y conocimientos que están disponibles en nuestro país. Evidentemente no es igual de productivo para España vender un automóvil de importación, aunque se creen puestos de trabajo en el concesionario de la marca, que si el automóvil está diseñado y fabricado íntegramente en España. Para conseguir este objetivo, sería buena política reducir el IVA de aquellos productos en los que España es productor destacado e incrementarlos en los que somos importadores netos.
También la rebaja sustancial de impuestos a la empresa repercutiría en hacer más competitivos los productos españoles en relación con sus alternativas importadas.

Educación

La educación de la ciudadanía constituye uno de los aspectos más importantes y a un tiempo más descuidados e ineficientes en España. Nuestra sugerencia es que la educación debería replantearse desde los siguientes postulados:
  • Sólo debe enseñarse en la educación básica lo que resulta útil para la vida cotidiana, puesto que lo que no cumple esa condición, resulta difícil de aprender y se olvida a los pocas semanas o meses de haberlo aprendido. ¿quien recuerda la regla de Ruffini o las leyes de Kirchhoff?
  • Enseñar a los alumnos a comportarse socialmente, a dialogar y a expresarse con claridad y eficacia tanto en lenguaje hablado como escrito. Aprender bien el idioma español y el inglés y dejar a la iniciativa y financiación de los padres el aprendizaje de otros idiomas autóctonos o extranjeros de poca o nula utilidad.
  • En la formación profesional, el Estado debe proveer sólo las plazas que el mercado demande, tanto en carreras universitarias como en maestrías y oficios. Para seleccionar a los candidatos que optarán a ocupar las plazas disponibles, además del historial académico, deberían efectuarse exámenes de actitud y aptitud, a fin de evitar la entrada en la universidad y en la formación profesional de malos estudiantes sin motivación y sin talento, condenados al fracaso. Como alternativa a este modelo público, estarían las universidades privadas en las que los alumnos tendrían que pagar íntegramente el costo de la educación si bien podrían elegir la profesión que prefiriesen.
  • Erradicación total de la religión en las escuelas y centros de enseñanza financiados por el Estado, ya que todas las religiones representan un modelo falso de la realidad y los centros públicos sólo deben enseñar conocimientos ciertos y comprobados.
    La religión quedaría restringida al ámbito privado y su enseñanza, financiada íntegramente por los padres, aunque supervisada y controlada por el Estado para evitar sesgos ideológicos que atenten contra la constitución española y los derechos humanos.
     
  • Proporcionar a los alumnos un modelo sencillo pero profundo de la realidad en la que viven, facilitándoles el conocimiento y uso práctico de técnicas efectivas para indagar, valorar, discriminar lo falso de lo cierto, identificar el fraude, juzgar y calificar artículos de opinión, evaluar la fiabilidad de la información, etc.
  • Disponer de textos y material didáctico, idénticos para todos los alumnos españoles sin distinción de localidades ni regiones, así como de un programa sincronizado en todos los centros de enseñanza para facilitar a los alumnos el cambio de centro.
    Por otra parte, al exigir un temario específico y común en toda España, se acabaría con la arbitrariedad de profesores que imparten sus propias teorías y creencias, en muchos casos, demenciales. Lo ideal sería que este programa general se basase en las directrices de la CEE para evitar que cada nuevo partido que accede al poder cambiase los contenidos para adaptarlo a su ideología política y a sus intereses particulares.
  • Revalida oficial para todas las titulaciones. Así, aunque existiesen muchas universidades, institutos o escuelas privadas, sólo se obtendría el título oficial si se superan unas pruebas de reválida gestionadas por un cuerpo independiente de Examinadores del Estado. De esta manera se evitaría el fraude que tiene lugar cuando estas empresas de enseñanza privada emiten titulaciones fáciles de conseguir. Esta política genera una ciudadania mal preparada que no puede desenvolverse en un mercado internacional más competitivo y cualificado.
     
  • Prácticas reales en empresas, combinadas con los estudios académicos para obtener profesionales cualificados y con experiencia real que puedan incorporarse inmediatamente a sus puestos de trabajo.
Empresa

El Estado graba a las empresas con diferentes tipos de impuestos y gravámenes al tiempo que les concede toda clase de subvenciones, reducciones, incentivos y ayudas condicionadas a múltiples factores arbitrarios. 

Esta permanente tentación del Estado por asumir el papel de un ser omnisciente y sabio, sólo contribuye a distorsionar gravemente el proceso productivo, haciéndolo más costoso y menos eficiente y competitivo.

Al subvencionar a una empresa, ya sea para que ponga en marcha programas de investigación, para que renueve la maquinaria, para que contrate a más empleados, para que adquiera vehículos de empresa o para que sus directivos asistan a simposios en un país remoto, sólo se consigue que el empresario modifique su estrategia empresarial para obtener más subvenciones y pagar menos impuestos. 

El único objetivo de todo empresario debería ser el de concentrar toda su atención en producir más bienes o servicios con menos, es decir, aumentar la productividad de su empresa.

Por otra parte, se carga sobre las empresas elevados costes relacionados con sus empleados, como por ejemplo, el pago de una parte de la seguridad social, enfermedad, embarazos, así como fuertes indemnizaciones en caso de despido, además de aumentos automáticos de salario recogidos en los convenios laborales. Recordemos que los convenios laborales son obtenidos mediante extorsión y amenaza sindical amparada por la ley.

El resultado de estas imposiciones arbitrarias es que el empresario ve reducida su capacidad para optimizar el funcionamiento de su empresa, al no tener libertad para renovar la plantilla en función de la capacidad y actitud de cada trabajador. 

Otra consecuencia grave de esta política intervencionista es que el empresario se vuelve reacio a contratar a más personal desde el momento en que le resultará difícil y costoso despedirlo si así lo aconsejaran las circunstancias. 

Esta situación da lugar a un fraude generalizado, a acuerdos secretos entre empresarios y trabajadores, a despidos amañados y a múltiples figuras delictivas que no se darían si el Estado dejara de intervenir en las relaciones laborales y confiara en el libre juego de las leyes de mercado.

Entonces, y según esto, la solución que volvería más competitivas las empresas españolas, propiciando así la exportación (reducción de la deuda y del paro) y el consumo interno (menos paro), pasaría, idealmente, por eliminar todas las ayudas a la empresa y, al mismo tiempo, todos los impuestos y gravámenes que pesan sobre ella.

En resumen, las empresas deberían tener libertad para contratar y despedir a sus trabajadores libremente, sin indemnizaciones y a establecer libremente los salarios, con la única obligación de cumplir las cláusulas que se hubieran suscrito libremente entre las partes en el momento de la firma del contrato. 

Es lo que ocurre, por ejemplo, en el mercado de futbolistas, un mercado transparente a la curiosidad de la ciudadanía, que se rige por este tipo de contrato libre, sin condicionantes legales.

Con este modelo de contratación, las empresas se quedarían con los trabajadores más productivos (como ocurre en los equipos de fútbol) y los salarios se establecerían en función de la demanda y de la productividad en cada sector. 

En aquellos sectores productivos dónde se requiriesen más trabajadores el salario subiría y en aquellos en los que sobrasen, bajaría, que es la forma en la que el mercado regula y distribuye automáticamente los recursos para optimizar el rendimiento del conjunto de la economía.

Con esta política, disfrutaríamos de pleno empleo y de una mayor volatilidad laboral, lo que facilitaría que cada trabajador encontrase el mejor de los trabajos posibles en función de sus deseos, facultades, motivación y ubicación geográfica y a resultas de ello, disfrutase de una mayor satisfacción personal y de mejores emolumentos.

En cuanto a los ingresos que el Estado obtiene grabando la actividad empresarial, se compensarían al retirar las múltiples subvenciones a las empresas y al eliminar la costosa maquinaria burocrática que se emplea en inspeccionar, juzgar y castigar a los empresarios que caen en la tentación de defraudar al Estado. 

El déficit que pudiese producirse en la recaudación neta, se cubriría con el incremento de la recaudación por impuestos indirectos sobre el consumo.

Autonomías

Las autonomías surgieron en la España democrática para satisfacer las exigencias de políticos separatistas (principalmente catalanes y vascos) pensando, ingenuamente, que así se integrarían en el nuevo régimen constitucional y le darían mayor legitimidad.

Transcurridas varias décadas, hemos podido constatar que esta estrategia no sólo no alcanzó el objetivo de legitimar la Constitución a los ojos del separatismo, sino que ha supuesto un inmenso costo para todo el país, en ineficiencia, abusos, injusticia, corrupción y despilfarro.

Adicionalmente se ha inducido un enfrentamiento entre los ciudadanos españoles como consecuencia de organizarlos en supertribus autonómicas con identidad e intereses propios que odian, envidian y desprecian al resto de comunidades. 

Y lo peor es que se trata de una tendencia que crece día a día y necesariamente nos lleva hacia una disgregación explosiva que menaza con convertir a España en un grupo de estados minúsculos en conflicto permanente.

La solución obvia para este problema pasa por frenar y dar marcha atrás al proceso autonómico-separatista, mediante una legislación inteligente y sin complejos, formalizando pactos de estado entre las fuerzas políticas hegemónicas no separatistas y retirando progresivamente las competencias que por imprevisión e irresponsabilidad se les cedieron a las autonomías.

Sólo haciéndolo así, España podría recuperar la paz social y acabar con el chantaje permanente de políticos que trabajan para perjudicar a un país que odian por el simple hecho de que se opone a sus alucinaciones separatistas.

Es una tarea difícil que requerirá años pero que convendría iniciar ya, comenzando por la recuperación para el Estado central de la competencia educativa con el fin de eliminar el sesgo separatista que se introduce en las mentes vulnerables de los escolares hasta convertirlos en nacionalistas irreductibles.

El desmantelamiento progresivo de las autonomías reduciría el peso insoportable de un funcionariado sobredimensionado, redundante, con escasa o nula utilidad y poco eficiente, aliviando el gasto desaforado del Estado. 

Al mismo tiempo se transferirían trabajadores desde áreas redundantes e innecesarias de la administración pública a la economía productiva, reduciendo así el déficit público y haciendo más competitivo al conjunto del país.

Inmigración

En primer lugar, cabe señalar que existen tres tipos de inmigrantes: 
  • Los inmigrantes legales que son ciudadanos de los países de la CEE.
     
  • Los ciudadanos que proviniendo de países no comunitarios entran en España legalmente.
     
  • Aquellos otros a los que llamaremos "ilegales" que han entrado ilegalmente en España o bajo el subterfugio de una estancia transitoria para hacer turismo y se han quedado definitivamente, incumpliendo fraudulentamente su compromiso.

El fenómeno de la inmigración crea problemas a medio y largo plazo en la medida que los inmigrantes vienen acompañados por proyectos e intereses que no siempre son compatibles con los intereses y creencias de los españoles.

Los inmigrantes europeos, por razón de convenios con la CEE tienen derecho a establecerse y trabajar en nuestro país, aunque eso no signifique que haya que aceptarlos si no tienen un trabajo o una fuente de ingresos legal con la que puedan mantenerse. En muchos casos vemos a ciudadanos de países comunitarios dedicados a la mendicidad o a actividades ilegales cuando no delictivas.

Los únicos inmigrantes no europeos que cabria aceptar son aquellos que procedan de una cultura compatible con la nuestra (hispanoamericanos, por ejemplo), que sean jóvenes, disfruten de buena salud, no traigan familia con ellos, sean buenos profesionales en la especialidad que se demanda, y su estancia sea transitoria, hasta que cumplan el contrato que los ha traído aquí.

Todo extranjero que esté en situación ilegal en España debería ser devuelto a su país de origen, sin excepción alguna, porque sólo así se conseguirá que España deje de ser un destino preferente para las mafias que controlan el tráfico ilegal de seres humanos.

Es fácil comprender que cuanto mejor trato se dispense a los inmigrantes ilegales, más se incrementará su número y que, en la medida en que se obstaculice la legalización de los inmigrantes ilegales, antes se acabará con la lacra de la inmigración ilegal.

Por supuesto, cualquier inmigrante, legal o ilegal, que cometa alguna infracción de la legislación española debe ser expulsado inmediatamente, después de cumplir la condena a que hubiera lugar. De esta forma se frenaría la entrada masiva de delincuentes internacionales que se afincan en España pese a su largo historial delictivo, atraídos por la permisividad de nuestra legislación.

No tiene sentido alguno aceptar trabajadores extranjeros teniendo aquí millones de españoles en paro. Por otra parte, en no pocas ocasiones, los parados que cobran subsidio de desempleo se niegan a trabajar, y se hace necesario ceder a trabajadores extranjeros los escasos puestos de trabajo disponibles.

Para evitar esta situación absurda habría que convertir el subsidio de paro en un préstamo a devolver y sustituir plazas universitarias sin salida laboral por plazas de aprendizaje de oficios y maestrías que se adapten a las necesidades del mercado laboral actual y futuro. 

El hecho de contar con más universitarios de los que la economía puede absorber, se convierte en un problema desde el momento en que muchos de estos universitarios frustrados se niegan a ocupar puestos laborales que ellos consideran de menor categoría. 

Sin embargo, el hecho cierto es que al existir más títulos universitarios de los que la economía demanda, estos carecen de valor real más allá de las ilusiones de sus titulares.

La solución obvia es que las universidades públicas sólo ofrezcan el número de plazas que la economía demanda, desviando al resto de aspirantes hacia plazas de formación no universitaria en los distintos oficios y maestrías que requiere y demanda la economía del país.

Vivienda y construcción

Una de las teorías más difundidas y afincadas entre los españoles, tanto en políticos, economistas y ciudadanos de a pie, es la de que somos víctimas de la explosión de una superburbuja inmobiliaria, que se originó por la codicia desmedida de los especuladores.

En realidad, la auténtica historia de lo que aconteció con el próspero negocio inmobiliario fue que en Estados Unidos se inició una crisis financiera (falta de confianza en el futuro) que se contagió rápidamente a todos los países avanzados del planeta. 

Como consecuencia de este contagio, el entramado económico de cada país se ha visto afectado en función de sus características y circunstancias particulares.

En España, de no haber aparecido la supercrisis financiera mundial, el precio de la vivienda se habría estabilizado durante un periodo de tiempo y después hubiese vuelto a experimentar nuevas subidas como ha venido sucediendo desde hace muchos lustros, en respuesta a las fluctuaciones de la oferta y la demanda.

Sin embargo, en esta ocasión, la aparición de una supercrisis mundial, provocó una brusca caída en la demanda de compras y alquileres de viviendas por parte de los ciudadanos europeos, que inició una caída lenta de precios. 

Esta caída de precios frenó en seco la adquisición de nueva vivienda en España e incentivó la caída de precios en las viviendas que ya estaban a la venta, como consecuencia de la lógica prevención de los compradores ante la perspectiva de un mercado a la baja. 

Adicionalmente, el aumento brusco del paro hizo que muchas hipotecas dejaran de pagarse y se sacaran a subasta un considerable número de nuevas viviendas que saturaron aún más la oferta.

Todos estos procesos concurrentes que se reforzaban mutuamente, en el seno de una supercrisis mundial, tuvo el efecto inimaginable de dar la vuelta a la evolución del precio de la vivienda provocando, por primera vez en la historia, una descenso continuado y sostenido durante varios años.

Las previsiones especulativas de los potenciales compradores de viviendas, que antes de la crisis se concretaba en la creencia de que comprar viviendas era una manera segura de obtener grandes beneficios, se transmutó en su contraria, es decir, en que la compra de una vivienda era sinónimo de pérdidas millonarias.

En pocos meses, los españoles sustituyeron su inamovible creencia de que la inversión en ladrillo era la más segura y rentable, por la de que ésta era la más arriesgada y ruinosa. 

Y esta nueva creencia, no cambiaría hasta que se invirtiera la tendencia bajista de los precios, lo que creaba un círculo vicioso que se retroalimentaba sin que nadie supiera cuando se iba a detener.

Pero, aclarada la naturaleza de la crisis del ladrillo, nos queda por averiguar cómo salir de este bucle infinito que está devorando a nuestra economía y despojando a muchas familias de sus viviendas. Viviendas que pasan a engrosar el stock de pisos vacíos, que arruinan a los bancos y pone contra las cuerdas a la economía del país, además de ser una de las causas más importantes del paro, dada la importancia del sector económico vinculado a la construcción.

La clave para salir de esta situación pasa por conseguir, cuanto antes, que el precio de la vivienda toque fondo, momento en el cual, los potenciales compradores de viviendas tomarán la decisión de comprar. Los nuevos compradores estarán constituidos por aquellos que desean adquirir la vivienda para formar una familia o para independizarse de sus padre o de su pareja y también por los que buscan una inversión segura y rentable para sus ahorros. 

Todos ellos se lanzarán al mercado para posicionarse ventajosamente al comienzo de una subida histórica que sin duda se producirá con fuerza después de una caída tan drástica y prolongada como la que ha experimentado el precio de la vivienda en España.

Para propiciar la llegada de esta situación de cambio de signo y así reactivar el mercado inmobiliario, y con ello abrir una vía formidable de creación de riqueza en nuestro país, habría que aplicar las siguientes normas:
  • Reducir la construcción de nuevas viviendas por todos los medios posibles. Este objetivo se podría alcanzar, por ejemplo, dificultando la concesión de nuevas licencias e imponiendo fuertes tasas e impuestos a la construcción de vivienda nueva. La razón de esta política restrictiva está en el hecho de que cuanto antes se agote el stock de viviendas vacías, antes se iniciará la subida de precios. La construcción de vivienda nueva en la actual situación sólo ayuda a retrasar la llegada del cambio de tendencia hacia el alza en la actual evolución de los precios.
     
  • Sacar a la venta, como vivienda social protegida, los stock de viviendas a cargo de los bancos y de las constructoras, con el fin de acabar con las existencias de viviendas vacías, que son las que impiden que el precio toque fondo.
  • Derruir edificios de viviendas en mal estado y trasladar a los inquilinos a bloques de viviendas desocupadas. Con esta estrategia reducimos el stock de viviendas, saneamos el parque inmobiliario y creamos puestos de trabajo en el sector de la construcción.
     
  • Realizar inversiones en infraestructuras, embellecimiento y restauración de zonas turísticas para atraer e incrementar la llegada de turistas. Esta estrategia atrae más divisas y euros hacia el país, reduce el déficit, y crea puestos de trabajo con personal y materias primas autóctonas.
En resumen, cuando se acabe con el stock de viviendas, se iniciará una fuerte y sostenida subida de precios, que reactivará la economía, reducirá el paro, atraerá capital foráneo y nos ayudará a salir con fuerza de la crisis.

Y llegados aquí, y aun a sabiendas de que el análisis ha sido somero e incompleto, tenemos que dar por terminada esta receta apresurada en la esperanza de que, si no le convence, al menos invite al lector a elaborar o enriquecer su propia teoría sobre la crisis. 

Por qué nos peleamos con los demás


Las relaciones sociales que mantenemos con nuestros semejantes implican una actividad intelectual muy compleja y elaborada, hasta el punto de que buena parte de las neuronas que conforman nuestro cerebro están asignadas a esa tarea, que es vital para nosotros.

Y si nos parece que relacionarse con los demás es muy fácil, se debe a que nos encontramos ante una actividad tan crucial para nuestra supervivencia que comenzamos su aprendizaje desde el mismo momento en que abrimos los ojos y a partir de unas habilidades innatas adquiridas por evolución en el transcurso de varios millones de años.

No obstante lo dicho, hemos de admitir que con demasiada frecuencia nuestras relaciones sociales se erosionan hasta terminar en dolorosas rupturas. Y lo más sorprendente de este hecho es que en la mayoría de los casos, no es ese el deseo de ninguna de las dos partes en conflicto.

Podríamos suponer, en base a todo lo expuesto, que somos víctimas de algún malfuncionamiento de nuestra propia mente que nos arrastra, aun contra nuestra voluntad, a destruir y perder lo que más amamos.

Por otra parte sabemos que estos conflictos suceden con mayor frecuencia en la relación de pareja y en la relación paterno filial, aunque también afectan a las relaciones entre amigos, compañeros de trabajo y familiares en general.

En esta ocasión trataremos de identificar los errores conductuales que solemos cometer con mayor frecuencia en nuestras relaciones con los demás y hablaremos también de las posibles estrategias para evitarlos.

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Yack

La cuestión que nos plantearemos es la de por qué nuestras relaciones sociales tienden a deteriorarse, aún en los casos en que ambas partes preferirían que no fuese así.

Admitimos como razonables las rupturas con las personas que nos traicionan, nos son infieles, nos desprecian o nos engañan reiteradamente. Sin embargo, lo que ahora nos interesa  comprender es por qué se deterioran con tanta frecuencia las relaciones cruciales para nuestra felicidad sin que, en apariencia, existan razones de peso que justifiquen tan temido final.

El ejemplo más claro de esta dinámica se da en la relación de pareja, que suele verse sometida a un deterioro progresivo e irreversible que no sólo destruye el amor, la confianza y el respeto mutuo sino que transforma a los cónyuges en enemigos irreconciliables condenados a vivir en una batalla interminable.

Se podría argumentar que tal vez la explicación haya que buscarla en la pérdida de atractivo sexual por efecto de la cotidianidad  en la reducción del factor novedad, en el litigio permanente por el reparto obligado de recursos escasos (dinero, tiempo, libertad...) y de tareas incomodas (limpieza, trabajos domésticos, educación y cuidado de los hijos, etc.).

Pero sería un error, en el que no vamos a caer, dar por buena una explicación tan simplista que no nos lleva a ningún lado, ignorando el hecho de que estos desencuentros se producen también cuando no concurren estas circunstancias, como sería el caso de las relaciones entre padres e hijos, amigos, compañeros de trabajo, familiares, etc.

La universalidad del proceso de deterioro progresivo que experimentan las relaciones humanas nos podría llevar a sospechar que tal vez existan en nuestro cerebro una serie de actitudes, reacciones y rutinas erróneas que se disparan automáticamente y degradan progresivamente la buena convivencia. De ser así, cabría compararlos con radicales libres que infringen pequeños daños acumulativos al ADN de nuestras relaciones sociales.

Por otro lado, y en apoyo de esta hipótesis, constatamos que existen personas afortunadas que gestionan con envidiable eficiencia sus relaciones sociales, conquistando con facilidad el cariño y el respeto de sus respectivas parejas, hijos, amigos y familiares.

Tal vez -podríamos aventurar- existan técnicas, métodos, estrategias o simples argucias que puedan ayudarnos en la difícil tarea de gestionar mejor las relaciones con nuestros semejantes, ya sean pareja, hijos, familiares, amigos o conocidos. Y si así fuera, a buen seguro que el lector estaría interesado en echarle una ojeada a ese santo grial de las buenas relaciones humanas para decidir si le conviene o no ponerlas en práctica.

Sea pues. Veamos a continuación algunos de los fallos que con más frecuencia cometemos en nuestras relaciones sociales y las correspondientes propuestas para corregirlos:

Los reproches

El reproche es la crítica verbal de la conducta presente, pasada o futura de nuestro interlocutor. La intención y la utilidad original del reproche es la de cambiar un determinado tipo de conducta, que consideramos inadecuada, por el procedimiento de infringir dolor moral a quien la practica. El mecanismo psicológico subyacente se fundamenta en asociar en la mente del sujeto la conducta a reprimir con el dolor que le provoca el reproche al que ha dado lugar.

Por la razón antes apuntada (infringir dolor moral), será percibida por nuestro interlocutor como una agresión. Tal vez al principio, cuando la relación es buena, pueda interpretarla como una reprimenda justificada y hasta bienintencionada, pero con la reiteración, acaba pareciéndole cruel, injusta y desproporcionada, lo sea o no. Pero en cualquiera de los casos, siempre le resultará dolorosa y tarde o temprano ese dolor aplicado reiteradamente sobre la misma herida, generará una actitud agresiva-defensiva en la victima contra su "verdugo", con independencia de que esté o no justificado el reproche.

Esta situación de agresión moral evolucionará hacia un intercambio de reproches que irán subiendo de tono y frecuencia hasta acabar con la relación, sin que ninguno de los dos acierte a comprender que el origen del problema estuvo en esos inocentes y tal vez bienintencionados reproches iniciales que pusieron en marcha un mecanismo de deterioro progresivo y autoalimentado.

Veamos un ejemplo:

A: ¿Ya estás fumando otra vez? ¿Es que no sabes que no soporto el humo? ¿Es que te has propuesto llevarme a la tumba?

B: Y tú ¿ya estás amargándome la vida otra vez? ¿Es que no puedes verme disfrutar de un solo instante de tranquilidad? Y, cambiando de tema, ¿cuándo vas a dejar de despilfarrar el dinero en ropa que ni siquiera llegas a estrenar?

Este intercambio de reproches se puede prolongar por tiempo ilimitado, en una escalada de recriminaciones cada vez más dolorosas, exageradas e injustas que sólo sirven para añadir odio y rencor hasta volver la relación asfixiante. En estas disputas, los reproches pierden su original intención "correctora" en beneficio de la potenciación de su componente lesivo hasta convertirse en auténticos “misiles” dirigidos contra el oponente con la única finalidad de hacerle daño.

La única estrategia eficaz para acabar con esta dinámica malsana es la de hacerse a uno mismo la firme promesa de no pronunciar reproches ni críticas en ninguna circunstancia, ni siquiera en respuesta a un reproche previo, justificado o no. Y para alcanzar esta difícil meta, que implica un cambio en nuestro propia conducta automática (carácter), hay que comenzar practicando la sanísima costumbre de suprimir de nuestro lenguaje las criticas y los reproches en todos los ámbitos. Y esa norma incluye el "más difícil todavía" de no criticar a los que critican, y en especial a los que dirigen sus críticas contra nosotros mismos.

Pero antes de continuar tenemos que responder a una pregunta que probablemente se esté haciendo el lector. Con ser bastante difícil abandonar nuestro habito de emitir todo tipo de críticas y reproches, al menos es un objetivo que está bajo nuestro control pero, ¿qué hacer cuando somos nosotros mismos el objeto de críticas y reproches por parte de los demás?

Vaya por delante que, como norma general, debemos interpretar los reproches y las críticas de nuestro prójimo como avisos a navegantes para que cambiemos el rumbo de  nuestra conducta que se está acercando peligrosamente a los arrecifes de coral. 

Así pues, la primera medida a tomar cuando somos objeto de un reproche o crítica es considerarla como una oportunidad de automejora en base a la información que recibimos de nuestro entorno. La segunda medida será evaluarla, considerando las circunstancias, para determinar si se trata de una crítica justificada y objetiva. Y, si determinásemos que la crítica está justificada, deberíamos hacer propósito de cambiar nuestra conducta para no dar pie a nuevas críticas.

Al seguir esta pauta nos estaremos haciendo un gran favor a nosotros mismos, corrigiendo los defectos de nuestra personalidad que nos están cerrando muchas puertas, aunque no seamos plenamente conscientes de ello. Son las críticas ajenas el espejo que nos permiten tomar conciencia plena de nuestras deficiencias conductuales.

No obstante, y sin menoscabo de lo anterior, no es bueno convertirse en blanco permanente de las críticas y reproches de nuestros allegados. Si esta conducta se vuelve crónica, acabaremos por odiar a nuestro interlocutor y/o perder nuestra autoestima, dos situaciones que hay que evitar por todos los medios.

Pero entonces, ¿cómo evitar los reproches continuos de nuestro interlocutor?

La primera norma y la más importante es no responderle nunca con otro reproche, por muy justificado y oportuno que nos parezca. Es necesario dejar claro desde el principio que no vamos a entrar en una guerra de reproches ni tampoco vamos a tolerar ser blanco de críticas y reproches, justificados o no.

La primera reacción ante un reproche o una crítica debe ser un prolongado silencio. La segunda, no modificar inmediatamente la conducta objeto del reproche, pues si así lo hiciéramos, estaríamos reforzando la conducta de nuestro interlocutor confirmándole que ha alcanzado su objetivo. Si insiste en repetir el mismo reproche, lo que procede es manifestarle con tranquilidad y firmeza que suspenda los reproches. Si sigue insistiendo, el único recurso que nos queda es el de alejarnos físicamente para imposibilitar la comunicación y, por tanto, los reproches.

Posteriormente y cuando volvamos a vernos, reduciremos nuestra relación con él a lo imprescindible, evitando en nuestra conducta todo aquello que creamos que pueda resultarle placentero. Poco a poco, a lo largo de uno o más días iremos cambiando de actitud hacia la normalidad cotidiana, si no se producen nuevos reproches. 

La idea que debemos transmitir es que no aceptamos los reproches en ninguna circunstancia y que si estos tuviesen lugar, reaccionaremos adoptando una actitud pasiva e indiferente, que sin llegar a ser agresiva, resultará incómoda para nuestro interlocutor. Naturalmente esta actitud también nos resultará incomoda a  nosotros, pero debemos verla como una inversión para disfrutar de una buena y duradera relación basada en el respeto mutuo.

Si el reproche de que hemos sido objeto está justificado y obedece a la intención de cambiar una conducta inadecuada, sólo debemos cambiarla pasados unos días y sólo si el reproche se ha expresado con respeto hacia nuestra persona y con la sana y evidente intención de ayudarnos.

La estrategia general contra los reproches se basa en evitar a toda costa que el emisor obtenga alguna recompensa que le estimule a repetirlo. También debe quedar clara la idea de que con reproches no va a conseguir nada de nosotros, y en especial, nunca vamos a darle una réplica en similares términos. Naturalmente debemos estar dispuestos a esforzarnos por corregir nuestras conductas inapropiadas o al menos habremos de buscar una solución de compromiso consensuada con nuestro interlocutor.

Nos queda por considerar una importante cuestión: si nuestra pareja/hijo/amigo repite a menudo una conducta que consideramos reprobable, ¿debemos aceptarla? ¿decirle lo que pensamos? ¿reprochársela aunque sea cordialmente?

Esta es una pregunta difícil de contestar porque la respuesta puede ser diferente para cada situación y por eso sólo cabe buscar y probar con paciencia, discreción y sentido común, sucesivas estrategias hasta encontrar la que mejor resultado proporcione. Hay que tener muy en cuenta que para que los planes tengan éxito es muy importante que no resulte evidente que estamos empleando una estrategia, pues tan pronto nuestro interlocutor detecte la maniobra, buscará la forma de neutralizarla, con independencia de que sea justa, bienintencionada o apropiada.

Téngase en cuenta que todo intento de manifestar nuestra desaprobación ante su conducta, será percibido como una forma disimulada de reproche y eso es lo que hemos de evitar por encima de todo. El reto al que nos enfrentamos es, en pocas palabras, buscar fórmulas efectivas e imaginativas no basadas en el reproche ni en la crítica.

Aunque no podemos abordar aquí las infinitas técnicas que pueden aplicarse, diremos que como norma general, hemos de buscar una manera indirecta de hacerle llegar el mensaje para que sea el receptor quien saque sus propias conclusiones.

Veamos un ejemplo y la estrategia que se ha seguido en ese caso concreto: A es desorganizado, B ordena todo lo que desordena A para que este tome conciencia de que le está haciendo trabajar en exceso por culpa de su conducta negligente.

Si A le pregunta a B por qué está siempre ordenando la casa, B le contesta diciéndole que no se siente cómodo en una habitación desorganizada y que prefiere tomarse el trabajo de ordenarla. Con este mensaje no estamos criticando a nuestro interlocutor, pero le estamos dando los datos para que extraiga sus propias conclusiones y cambie de conducta espontáneamente.

Otra estrategia más radical es la de asumir como propia la responsabilidad de ordenar la vivienda, considerando que es una opción mejor que la de deteriorar las relaciones con la persona con la que convivimos. Pensemos que las personas "organizadas" disfrutan ordenando todo lo que les rodea, mientras que las "desorganizadas" no son conscientes de la necesidad de limpiar y sienten una invencible pereza ante la perspectiva de hacerlo. Es preferible que cada cual se dedique a lo que mejor se la da y más le gusta que empeñarse en obligar a quien no está motivado a realizar tareas que no considera necesarias o para las que no está preparado.

Con demasiada frecuencia un miembro de la pareja (generalmente la mujer) se siente menospreciada o agraviada por parte del otro miembro cuando este no cuida o limpia con el suficiente esmero el mobiliario de la casa. En la mayoría de los casos, la auténtica razón de su conducta negligente se debe a que la limpieza no ha sido incluida en su educación y por lo tanto, no percibe la suciedad o el desorden como un problema, o en muchos casos ni siquiera es consciente de ella. Se requiere tiempo para adquirir esa sensibilidad y a veces resulta imposible, por lo que tal vez la mejor solución sería desistir y no convertir la limpieza en una fuente de discordias que degradará inexorablemente la relación de pareja.


Otra fórmula a considerar es contratar un servicio de limpieza y así se elimina la fuente de disputas, resolviendo el conflicto que tanto incomoda a uno de los miembros de la pareja.

También se pueden distribuir las tareas en base a los intereses/habilidades de cada uno. Por ejemplo, yo me ocupo de la limpieza y tú pagas el alquiler, llevas todo el papeleo, el mantenimiento de la vivienda, etc. No siempre es fácil encontrar un equilibrio, pero casi siempre se pueden encontrar soluciones, que no tienen que ser 100 equitativas. 

Pensemos que cuando vamos al cine, pagamos el 100% de la entrada a cambio de placer y a veces el afecto de nuestra pareja bien vale ese desequilibrio que nos parece apreciar. Tal vez en el futuro las cosas cambien y la balanza se incline hacia nuestro lado. Recordemos que una exigencia de equidad perfecta (según  nuestro criterio) puede acabar fácilmente con unas buenas relaciones.

Recomendamos al lector entregarse con buen talante a la tarea de buscar y aplicar soluciones  no agresivas, como un ejercicio para la mejora del autocontrol y de las habilidades sociales que lo preparará para gestionar con más eficiencia sus relaciones con otras personas.

Las descalificaciones

La descalificación puede definirse como un juicio valorativo de tipo general, que se dirige a nuestro interlocutor con ánimo de desacreditarlo o de poner de manifiesto alguna deficiencia física, intelectual o conductual. 

Una de sus características distintivas es que no emplea argumentos ni elementos definitorios del problema sino que ataca al interlocutor sin especificar la razón ni aportar una indicación de cuál es la conducta especifica que tendría que cambiar. La descalificación no intenta solucionar un problema conductual sino agredir al infractor y por eso puede considerarse como una forma degenerada del reproche en la que se ha primado el componente punitivo en menoscabo del corrector.

La descalificación ofrece varios niveles de gravedad: Puede dirigirse a la persona (¡Eres estúpido!), a su conducta (¡No hagas estupideces!), a su pensamiento o creencias (¡no digas tonterías!) o a sus afectos (Ese amigo tuyo es un estúpido, o bien, ese actor que tanto te gusta es un espanto). Pero no olvidemos que en todos los casos estaremos agrediendo a nuestro interlocutor.

En la mayoría de las descalificaciones, no se suelen aportar argumentos, sino un juicio tan genérico como negativo. En resumen, la descalificación se limita a expresar el desprecio del emisor hacia el receptor.

La estrategia a seguir en este caso pasa por suprimir de nuestra conducta la emisión de descalificaciones de todo tipo. Si se diera el caso de que consideráramos necesario criticar algo,  debemos hacerlo aportando argumentos autoevidentes, expresados en un lenguaje exento de insultos, ofensas y juicios de valor. Sería un buen ejercicio, previo a la crítica, realizar el esfuerzo mental de ponernos en el lugar del que criticamos para deducir sus posibles motivaciones, y si lo hacemos a conciencia, tal vez lleguemos a la conclusión de que tal critica es injusta.

En todo caso, una crítica constructiva, moderada y exenta de descalificaciones elevará nuestro prestigio ante nuestros interlocutores, y nos enseñará a pensar con mayor rigor y a reducir la cantidad de insensateces que salen de nuestra boca y que sólo sirven para devaluar nuestra propia imagen antes que la de aquellos a los que descalificamos.

Un ejemplo de descalificación: El partido que has votado y que ahora gobieerna, está formado por una cuadrilla de inútiles corruptos que nos llevará al desastre.

Una crítica aceptable: El problema de este gobierno es que no tiene experiencia en gestionar una crisis económica internacional, y sus esquemas teóricos sólo funcionan en épocas de bonanza. Me consta que actúan de buena fe, pero creo que no podrán sacarnos de esta situación.

En todo caso, las críticas, aunque sean constructivas y bien argumentadas, no se deben dirigir contra nuestro interlocutor ni a su esfera de intereses, porque si así lo hiciésemos, estaríamos socavando innecesariamente las mutuas relaciones.

En cuanto a la actitud que se debe adoptar frente a un interlocutor que profiere descalificaciones que nos resultan incómodas, será siempre la del silencio indiferente. Si se nos exige una contestación, debemos evitar entrar en su juego. Basta con decir: No sé, no tengo una opinión sobre esto.

Si las descalificaciones se refieren a nuestra persona o a algún allegado o familiar, y nuestro silencio no es interpretado como desaprobación, lo que procede es advertirle con calma: Si sigues hablando de este tema y en esos términos, tendré que irme. Y no dar ningún tipo de explicación, más allá de que "me haces sentir muy incomodo".

De esta manera, nuestro interlocutor detecta nuestra desaprobación, pero no puede enzarzarse en una disputa contra nosotros, que es lo que busca y lo que le resulta más divertido.

Nuestra actitud numantina, fría y decidida le enseñará que si desea tener alguna relación con nosotros, la condición necesaria será la de respetarnos, es decir evitar cualquier conducta que nos pueda herir, como serían las descalificaciones sobre personas o ideas a las que profesamos cariño o respeto.

Las bromas, ironías y sarcasmos

Aunque el sentido del humor suele tener buena prensa, hay que tener siempre presente que el humor mal empleado es una importante causa de deterioro y ruptura de las relaciones humanas.

Por fortuna, es fácil manejarlo sin que produzca efectos perversos, siguiendo una sencilla norma: Nunca hacer humor a costa de nuestro interlocutor ni de nada que pueda incomodarle.

El humor requiere agudeza y rapidez mental y por lo tanto es una forma de exhibir públicamente nuestro talento y habilidad intelectual, y de ahí que cuando tenemos una ocurrencia humorística que juzgamos ingeniosa sentimos un fuerte impulso a expresarla en voz alta, para alardear de nuestro ingenio.

Con frecuencia se nos ocurren comentarios ingeniosos, que contienen en su planteamiento un dardo dirigido a la sensibilidad de nuestro interlocutor y no podemos resistirnos a la satisfacción de soltarla para disfrutar de la breve gloria que produce ese destello de ingenio.

A la larga estas bromas a costa de nuestra pareja, amigos y familiares, deteriora la relación, al provocar una respuesta equivalente en nuestros interlocutores, que acaba convirtiendo un juego inofensivo en una guerra cruel sin que seamos conscientes de cómo ha tenido lugar esa transformación al haberse producido muy lentamente.

La táctica para evitar este proceso de deterioro consiste en renunciar a pronunciar bromas a costa de nuestro interlocutor, sometiéndolas a una autocensura antes de expresarlas en voz alta. Podemos hacer bromas, pero siempre que estemos seguros de que no van a molestar a nuestro interlocutor y la única forma de estar seguros es no hacer chanza a costa de nada que el aprecie.

Tampoco ayuda a mejorar nuestra propia imagen hacer bromas crueles e injustas a costa de los demás, aun cuando sean bien recibidas. Sería un buen ejercicio ir descartando este tipo de bromas, si es que queremos el respeto de los demás. Aunque la gente ría de buena gana los chistes crueles, en el fondo juzgan al “chistoso” como un individuo peligroso y despreciable con el que no conviene relacionarse si no es estrictamente necesario.

En cuanto a la conducta a seguir respecto a las bromas de que somos objeto por parte de los demás, lo más práctico es no darse por aludido, no reír la gracia y no manifestar ninguna emoción ni desaprobación explicita, si no es un frío y largo silencio.

El objetivo es mandar a nuestro interlocutor el mensaje de que no nos gustan las bromas a nuestra costa, y que en ningún caso vamos a replicar, si no es con el silencio y la frialdad. Una vez más, la técnica es evitar que el infractor reciba recompensas por sus acciones, ni la ocasión de entrar en una discusión acalorada que tal vez gane él y que en cualquier caso degradará la relación. Téngase en cuenta que el ganador de una confrontación siempre obtiene placer, aunque a la larga tenga que pagar un alto precio en forma de deterioro de una relación que antes era una fuente de placer.

El problema más grave se da cuando formamos parte de un grupo y no podemos zafarnos de las bromas agresivas de algún miembro del grupo que recibe la recompensa de los otros miembros del grupo que ríen sus gracias. En estos casos lo más práctico es no darse por aludido, y si insiste en su conducta, aprovechar el momento en que se produzca un ataque particularmente cruel para pedirle serenamente y en voz alta para que lo oigan todos, que no vuelva a ocuparse de nosotros y que si persiste en su actitud, nos veremos obligados a irnos.  Si insiste, lo que procede es despedirse del resto y abandonar la reunión con determinación y serenidad.

Lo normal, si el resto del grupo siente aprecio por nosotros, es que le afeen su conducta, y si no es así, lo mejor es abandonar definitivamente un grupo donde no se nos respeta, porque sólo conseguiremos humillaciones y malas experiencias. Es importante la relación con nuestros semejantes pero también puede convertirse en una mala experiencia que además menoscaba nuestra autoestima y seguridad. Aquí vale lo de "mejor solo que mal acompañado".

No decir a los demás cómo y cuándo deben hacer las cosas

Una mala costumbre muy generalizada que suele pasar desapercibida al que la práctica es la de decir a los demás cómo y cuándo deben hacer o dejar de hacer determinadas cosas.
Normalmente esta mala costumbre se da con mayor frecuencia en las relaciones entre padres e hijos, y tiene su origen en la necesidad que siente el padre de enseñar a su hijo buenas costumbres que le ayuden a abrirse camino en la vida. El problema surge cuando se ejerce en demasía y también cuando se prolonga hasta más allá de la adolescencia.

También se suele aplicar en la relación con amigos, familiares y cónyuges, favorecida por la familiaridad y confianza que se tiene con estas personas cercanas.

Contra esta pésima costumbre, causa importante del progresivo deterioro de la relación, la única actitud que cabe es tomar consciencia del peligro que encierra y hacer un esfuerzo deliberado y sistemático para suprimirla de nuestra conducta habitual.

Téngase en cuenta que este tipo de conductas se ponen en marcha automáticamente, sin que seamos conscientes de ellas y que son percibidas subjetivamente como intentos bienintencionados de ayudar a los demás, por lo que no nos sentimos culpables y eso hace mucho más difícil su erradicación y control.

Entonces, ¿cómo educar a nuestros hijos?, ¿cómo explicarle a nuestra pareja lo que esperamos de ella o lo que no soportamos? ¿cómo ayudar a los demás a que lleven unas vidas más organizadas y productivas, por su propio bien?

La cuestión a considerar es que estos consejos conminatorios (no dejes el plato sucio, baja la tapa del inodoro, no aparques tan alejado de la acera, etc.) no van a cambiar la conducta de nadie y aunque finalmente lo consiguieran van a generar odio, resentimiento y finalmente desinterés por el "instructor".

En los casos en que creamos que debemos dar uno de nuestros bienintencionados consejos, antes de abrir la boca, debemos considerar estos puntos:

  • ¿Es realmente importante? ¿Una cuestión de vida o muerte?
     
  • Si se lo digo ¿en base a la experiencia que tengo, creo realmente que va a cambiar la conducta a corto o medio plazo?
     
  • ¿Existe algún otro medio que no pase por decirle explícitamente lo que debe hacer?


Si finalmente creemos que merece la pena deteriorar nuestra imagen, nuestra relación y nuestra capacidad de persuasión, a cambio de lo que creemos que vamos conseguir, tratemos de adoptar un estilo natural, casual, despreocupado.

“¿Sabes un truco para hacerlo”, en lugar de: ¡No seas bruto! ¡Te voy a enseñar cómo se hace!

La clave está en plantear el consejo de tal forma que no parezca que tú eres superior a él, ya sea en conocimientos o en estatus, porque en tal caso se disparará su mecanismo de defensa jerárquico y hará oídos sordos a lo que le estás diciendo y se reforzará su idea de que eres un pesado y un incordio.

Debemos buscar estrategias alternativas para inducir cambios en la conducta de los demás: Por ejemplo, hacer nosotros mismos las acciones para que el otro vea cómo se hacen. Comentar algo que sirva de referencia. Por ejemplo, podríamos decirle: Tengo un compañero de trabajo que huele muy mal porque no se ducha a diario. Figúrate que el jefe lo tuvo que llamar al despacho para decirle que había recibido quejas de sus compañeros sobre su higiene personal. No quiero pensar la vergüenza que tuvo que pasar.

Esto es mucho más efectivo y menos peligroso que decirle: Hueles muy mal. Deberías lavarte más a menudo.

En resumen, se trata de buscar soluciones imaginativas para conseguir el objetivo sin que nuestro interlocutor sea consciente de que le estamos dando instrucciones para que cambie de conducta. Para ello hay que tener la habilidad de plantearlo como un reto personal que le llevará a una situación mejor para sus propios intereses sin someterlo a crítica ni vejaciones que finalmente se volverá en rencor contra nosotros.

Con frecuencia, nos cuesta entender los malos hábitos de otras personas,  y a menudo llegamos a considerarlos como una afrenta personal contra nosotros. Así, si vivimos con una persona descuidada, podemos llegar a creer que actúa así por desprecio a nuestra persona, cuando lo que ocurre es que tiene una sensibilidad diferente ante lo que se considera como "suciedad". De hecho hay personas que sufren obsesiones por la limpieza y consideran cualquier nivel de limpieza como insoportablemente deficiente.

Cultivar el respeto

El ser humano es fuertemente jerárquico y esto significa que intentará expandir el límite de su territorio y de su influencia sobre los demás, tanto como sea posible. De hecho, intentamos expandirnos hasta que nos encontramos con el territorio de los demás y ahí comienza un forcejeo que no termina nunca. Y lo que solemos ignorar es que este proceso es automático y se desencadena aún en el caso de que no lo deseemos y sin que seamos conscientes de ello.

El problema reside en que en el decurso de estas luchas territoriales y de estatus, aparecen fricciones que suelen desembocar en un deterioro progresivo de las relaciones.

La clave para evitarlo está en trazar fronteras bien definidas, basadas en los principios de igualdad y equidad y respetarlas, aun en el caso de que nos sintamos con capacidad para sobrepasarlas o nos inviten a expandir nuestro territorio a expensas del de los demás.
Además, si respetamos las fronteras de los demás, estaremos en mejores condiciones para exigir a los demás que respeten nuestras propias fronteras.

Cada vez que nos veamos en la necesidad de invadir el territorio de los demás, debemos pedir respetuosamente permiso, dejando claro que sólo será por esta vez y en base a la urgencia o importancia del caso y que no volverá a repetirse. Sin embargo, la mejor solución es evitarlo siempre que sea posible.

Tengamos en cuenta que las fronteras nos separan de objetos deseados, pero también nos protege de otros indeseables. No podemos abrir o cerrar las fronteras que nos rodean cuando nos interese, porque después tendremos que aceptar que los demás invadan las nuestras.

Lo más práctico para mantener unas buenas relaciones con los demás es fijarnos a nosotros mismos unas fronteras y respetarlas y hacerlas respetar a rajatabla, porque cuanto menos veces se traspasen, más solidas se harán y más ayudarán a la concordia basada en el respeto mutuo. El respeto es, en esencia, la aceptación del territorio físico y psicológico de los demás.

No caigamos en el error de pensar que la confianza, sinónimo equívoco de las buenas relaciones, consiste en eliminar las fronteras, porque a medida que pase el tiempo esta táctica, que al principio parece dar excelentes resultados, se volverá contra nosotros.
La gente experta en las relaciones sociales, profesa un respeto exquisito al territorio de los demás y defiende con firmeza  y determinación el suyo propio.

En el terreno práctico debemos situar la frontera de los demás muy alejada de su área sensible, aunque nos inviten insistentemente a sobrepasarla.

Por otra parte debemos establecer nuestra propia frontera con límites muy amplios, de tal forma que cuando alguien las sobrepase tengamos oportunidad de emitir señales de desagrado sin tener que recurrir a la agresión y a la disputa.

Pensemos que el respeto mutuo es, a la larga, el mejor ambiente donde se puede disfrutar del cariño y de la mistad duradera y enriquecedora. Al eliminar las fronteras, lejos de conseguir mejores relaciones, aumenta el riesgo de una  confrontación fronteriza que acabará con la confianza y el respeto.

Y llegados este punto convendrá dar por terminado este tema, no sin advertir que nos hemos limitado a tratar los errores más graves que se cometen en las relaciones sociales. Para tener una buena relación, también hay que desplegar técnicas que proporcionen satisfacción a los demás, pero eso lo veremos en otra ocasión.

Si somos capaces de implementar estas sencillas normas en  nuestra vida habremos hecho el 50% del trabajo en lo que a las buenas relaciones se refiere (no deteriorar las relaciones). En otra ocasión trataremos el otro 50% restante (hacerlas más divertidas y atractivas).