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Por qué nos peleamos con los demás


Las relaciones sociales que mantenemos con nuestros semejantes implican una actividad intelectual muy compleja y elaborada, hasta el punto de que buena parte de las neuronas que conforman nuestro cerebro están asignadas a esa tarea, que es vital para nosotros.

Y si nos parece que relacionarse con los demás es muy fácil, se debe a que nos encontramos ante una actividad tan crucial para nuestra supervivencia que comenzamos su aprendizaje desde el mismo momento en que abrimos los ojos y a partir de unas habilidades innatas adquiridas por evolución en el transcurso de varios millones de años.

No obstante lo dicho, hemos de admitir que con demasiada frecuencia nuestras relaciones sociales se erosionan hasta terminar en dolorosas rupturas. Y lo más sorprendente de este hecho es que en la mayoría de los casos, no es ese el deseo de ninguna de las dos partes en conflicto.

Podríamos suponer, en base a todo lo expuesto, que somos víctimas de algún malfuncionamiento de nuestra propia mente que nos arrastra, aun contra nuestra voluntad, a destruir y perder lo que más amamos.

Por otra parte sabemos que estos conflictos suceden con mayor frecuencia en la relación de pareja y en la relación paterno filial, aunque también afectan a las relaciones entre amigos, compañeros de trabajo y familiares en general.

En esta ocasión trataremos de identificar los errores conductuales que solemos cometer con mayor frecuencia en nuestras relaciones con los demás y hablaremos también de las posibles estrategias para evitarlos.

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Yack

La cuestión que nos plantearemos es la de por qué nuestras relaciones sociales tienden a deteriorarse, aún en los casos en que ambas partes preferirían que no fuese así.

Admitimos como razonables las rupturas con las personas que nos traicionan, nos son infieles, nos desprecian o nos engañan reiteradamente. Sin embargo, lo que ahora nos interesa  comprender es por qué se deterioran con tanta frecuencia las relaciones cruciales para nuestra felicidad sin que, en apariencia, existan razones de peso que justifiquen tan temido final.

El ejemplo más claro de esta dinámica se da en la relación de pareja, que suele verse sometida a un deterioro progresivo e irreversible que no sólo destruye el amor, la confianza y el respeto mutuo sino que transforma a los cónyuges en enemigos irreconciliables condenados a vivir en una batalla interminable.

Se podría argumentar que tal vez la explicación haya que buscarla en la pérdida de atractivo sexual por efecto de la cotidianidad  en la reducción del factor novedad, en el litigio permanente por el reparto obligado de recursos escasos (dinero, tiempo, libertad...) y de tareas incomodas (limpieza, trabajos domésticos, educación y cuidado de los hijos, etc.).

Pero sería un error, en el que no vamos a caer, dar por buena una explicación tan simplista que no nos lleva a ningún lado, ignorando el hecho de que estos desencuentros se producen también cuando no concurren estas circunstancias, como sería el caso de las relaciones entre padres e hijos, amigos, compañeros de trabajo, familiares, etc.

La universalidad del proceso de deterioro progresivo que experimentan las relaciones humanas nos podría llevar a sospechar que tal vez existan en nuestro cerebro una serie de actitudes, reacciones y rutinas erróneas que se disparan automáticamente y degradan progresivamente la buena convivencia. De ser así, cabría compararlos con radicales libres que infringen pequeños daños acumulativos al ADN de nuestras relaciones sociales.

Por otro lado, y en apoyo de esta hipótesis, constatamos que existen personas afortunadas que gestionan con envidiable eficiencia sus relaciones sociales, conquistando con facilidad el cariño y el respeto de sus respectivas parejas, hijos, amigos y familiares.

Tal vez -podríamos aventurar- existan técnicas, métodos, estrategias o simples argucias que puedan ayudarnos en la difícil tarea de gestionar mejor las relaciones con nuestros semejantes, ya sean pareja, hijos, familiares, amigos o conocidos. Y si así fuera, a buen seguro que el lector estaría interesado en echarle una ojeada a ese santo grial de las buenas relaciones humanas para decidir si le conviene o no ponerlas en práctica.

Sea pues. Veamos a continuación algunos de los fallos que con más frecuencia cometemos en nuestras relaciones sociales y las correspondientes propuestas para corregirlos:

Los reproches

El reproche es la crítica verbal de la conducta presente, pasada o futura de nuestro interlocutor. La intención y la utilidad original del reproche es la de cambiar un determinado tipo de conducta, que consideramos inadecuada, por el procedimiento de infringir dolor moral a quien la practica. El mecanismo psicológico subyacente se fundamenta en asociar en la mente del sujeto la conducta a reprimir con el dolor que le provoca el reproche al que ha dado lugar.

Por la razón antes apuntada (infringir dolor moral), será percibida por nuestro interlocutor como una agresión. Tal vez al principio, cuando la relación es buena, pueda interpretarla como una reprimenda justificada y hasta bienintencionada, pero con la reiteración, acaba pareciéndole cruel, injusta y desproporcionada, lo sea o no. Pero en cualquiera de los casos, siempre le resultará dolorosa y tarde o temprano ese dolor aplicado reiteradamente sobre la misma herida, generará una actitud agresiva-defensiva en la victima contra su "verdugo", con independencia de que esté o no justificado el reproche.

Esta situación de agresión moral evolucionará hacia un intercambio de reproches que irán subiendo de tono y frecuencia hasta acabar con la relación, sin que ninguno de los dos acierte a comprender que el origen del problema estuvo en esos inocentes y tal vez bienintencionados reproches iniciales que pusieron en marcha un mecanismo de deterioro progresivo y autoalimentado.

Veamos un ejemplo:

A: ¿Ya estás fumando otra vez? ¿Es que no sabes que no soporto el humo? ¿Es que te has propuesto llevarme a la tumba?

B: Y tú ¿ya estás amargándome la vida otra vez? ¿Es que no puedes verme disfrutar de un solo instante de tranquilidad? Y, cambiando de tema, ¿cuándo vas a dejar de despilfarrar el dinero en ropa que ni siquiera llegas a estrenar?

Este intercambio de reproches se puede prolongar por tiempo ilimitado, en una escalada de recriminaciones cada vez más dolorosas, exageradas e injustas que sólo sirven para añadir odio y rencor hasta volver la relación asfixiante. En estas disputas, los reproches pierden su original intención "correctora" en beneficio de la potenciación de su componente lesivo hasta convertirse en auténticos “misiles” dirigidos contra el oponente con la única finalidad de hacerle daño.

La única estrategia eficaz para acabar con esta dinámica malsana es la de hacerse a uno mismo la firme promesa de no pronunciar reproches ni críticas en ninguna circunstancia, ni siquiera en respuesta a un reproche previo, justificado o no. Y para alcanzar esta difícil meta, que implica un cambio en nuestro propia conducta automática (carácter), hay que comenzar practicando la sanísima costumbre de suprimir de nuestro lenguaje las criticas y los reproches en todos los ámbitos. Y esa norma incluye el "más difícil todavía" de no criticar a los que critican, y en especial a los que dirigen sus críticas contra nosotros mismos.

Pero antes de continuar tenemos que responder a una pregunta que probablemente se esté haciendo el lector. Con ser bastante difícil abandonar nuestro habito de emitir todo tipo de críticas y reproches, al menos es un objetivo que está bajo nuestro control pero, ¿qué hacer cuando somos nosotros mismos el objeto de críticas y reproches por parte de los demás?

Vaya por delante que, como norma general, debemos interpretar los reproches y las críticas de nuestro prójimo como avisos a navegantes para que cambiemos el rumbo de  nuestra conducta que se está acercando peligrosamente a los arrecifes de coral. 

Así pues, la primera medida a tomar cuando somos objeto de un reproche o crítica es considerarla como una oportunidad de automejora en base a la información que recibimos de nuestro entorno. La segunda medida será evaluarla, considerando las circunstancias, para determinar si se trata de una crítica justificada y objetiva. Y, si determinásemos que la crítica está justificada, deberíamos hacer propósito de cambiar nuestra conducta para no dar pie a nuevas críticas.

Al seguir esta pauta nos estaremos haciendo un gran favor a nosotros mismos, corrigiendo los defectos de nuestra personalidad que nos están cerrando muchas puertas, aunque no seamos plenamente conscientes de ello. Son las críticas ajenas el espejo que nos permiten tomar conciencia plena de nuestras deficiencias conductuales.

No obstante, y sin menoscabo de lo anterior, no es bueno convertirse en blanco permanente de las críticas y reproches de nuestros allegados. Si esta conducta se vuelve crónica, acabaremos por odiar a nuestro interlocutor y/o perder nuestra autoestima, dos situaciones que hay que evitar por todos los medios.

Pero entonces, ¿cómo evitar los reproches continuos de nuestro interlocutor?

La primera norma y la más importante es no responderle nunca con otro reproche, por muy justificado y oportuno que nos parezca. Es necesario dejar claro desde el principio que no vamos a entrar en una guerra de reproches ni tampoco vamos a tolerar ser blanco de críticas y reproches, justificados o no.

La primera reacción ante un reproche o una crítica debe ser un prolongado silencio. La segunda, no modificar inmediatamente la conducta objeto del reproche, pues si así lo hiciéramos, estaríamos reforzando la conducta de nuestro interlocutor confirmándole que ha alcanzado su objetivo. Si insiste en repetir el mismo reproche, lo que procede es manifestarle con tranquilidad y firmeza que suspenda los reproches. Si sigue insistiendo, el único recurso que nos queda es el de alejarnos físicamente para imposibilitar la comunicación y, por tanto, los reproches.

Posteriormente y cuando volvamos a vernos, reduciremos nuestra relación con él a lo imprescindible, evitando en nuestra conducta todo aquello que creamos que pueda resultarle placentero. Poco a poco, a lo largo de uno o más días iremos cambiando de actitud hacia la normalidad cotidiana, si no se producen nuevos reproches. 

La idea que debemos transmitir es que no aceptamos los reproches en ninguna circunstancia y que si estos tuviesen lugar, reaccionaremos adoptando una actitud pasiva e indiferente, que sin llegar a ser agresiva, resultará incómoda para nuestro interlocutor. Naturalmente esta actitud también nos resultará incomoda a  nosotros, pero debemos verla como una inversión para disfrutar de una buena y duradera relación basada en el respeto mutuo.

Si el reproche de que hemos sido objeto está justificado y obedece a la intención de cambiar una conducta inadecuada, sólo debemos cambiarla pasados unos días y sólo si el reproche se ha expresado con respeto hacia nuestra persona y con la sana y evidente intención de ayudarnos.

La estrategia general contra los reproches se basa en evitar a toda costa que el emisor obtenga alguna recompensa que le estimule a repetirlo. También debe quedar clara la idea de que con reproches no va a conseguir nada de nosotros, y en especial, nunca vamos a darle una réplica en similares términos. Naturalmente debemos estar dispuestos a esforzarnos por corregir nuestras conductas inapropiadas o al menos habremos de buscar una solución de compromiso consensuada con nuestro interlocutor.

Nos queda por considerar una importante cuestión: si nuestra pareja/hijo/amigo repite a menudo una conducta que consideramos reprobable, ¿debemos aceptarla? ¿decirle lo que pensamos? ¿reprochársela aunque sea cordialmente?

Esta es una pregunta difícil de contestar porque la respuesta puede ser diferente para cada situación y por eso sólo cabe buscar y probar con paciencia, discreción y sentido común, sucesivas estrategias hasta encontrar la que mejor resultado proporcione. Hay que tener muy en cuenta que para que los planes tengan éxito es muy importante que no resulte evidente que estamos empleando una estrategia, pues tan pronto nuestro interlocutor detecte la maniobra, buscará la forma de neutralizarla, con independencia de que sea justa, bienintencionada o apropiada.

Téngase en cuenta que todo intento de manifestar nuestra desaprobación ante su conducta, será percibido como una forma disimulada de reproche y eso es lo que hemos de evitar por encima de todo. El reto al que nos enfrentamos es, en pocas palabras, buscar fórmulas efectivas e imaginativas no basadas en el reproche ni en la crítica.

Aunque no podemos abordar aquí las infinitas técnicas que pueden aplicarse, diremos que como norma general, hemos de buscar una manera indirecta de hacerle llegar el mensaje para que sea el receptor quien saque sus propias conclusiones.

Veamos un ejemplo y la estrategia que se ha seguido en ese caso concreto: A es desorganizado, B ordena todo lo que desordena A para que este tome conciencia de que le está haciendo trabajar en exceso por culpa de su conducta negligente.

Si A le pregunta a B por qué está siempre ordenando la casa, B le contesta diciéndole que no se siente cómodo en una habitación desorganizada y que prefiere tomarse el trabajo de ordenarla. Con este mensaje no estamos criticando a nuestro interlocutor, pero le estamos dando los datos para que extraiga sus propias conclusiones y cambie de conducta espontáneamente.

Otra estrategia más radical es la de asumir como propia la responsabilidad de ordenar la vivienda, considerando que es una opción mejor que la de deteriorar las relaciones con la persona con la que convivimos. Pensemos que las personas "organizadas" disfrutan ordenando todo lo que les rodea, mientras que las "desorganizadas" no son conscientes de la necesidad de limpiar y sienten una invencible pereza ante la perspectiva de hacerlo. Es preferible que cada cual se dedique a lo que mejor se la da y más le gusta que empeñarse en obligar a quien no está motivado a realizar tareas que no considera necesarias o para las que no está preparado.

Con demasiada frecuencia un miembro de la pareja (generalmente la mujer) se siente menospreciada o agraviada por parte del otro miembro cuando este no cuida o limpia con el suficiente esmero el mobiliario de la casa. En la mayoría de los casos, la auténtica razón de su conducta negligente se debe a que la limpieza no ha sido incluida en su educación y por lo tanto, no percibe la suciedad o el desorden como un problema, o en muchos casos ni siquiera es consciente de ella. Se requiere tiempo para adquirir esa sensibilidad y a veces resulta imposible, por lo que tal vez la mejor solución sería desistir y no convertir la limpieza en una fuente de discordias que degradará inexorablemente la relación de pareja.


Otra fórmula a considerar es contratar un servicio de limpieza y así se elimina la fuente de disputas, resolviendo el conflicto que tanto incomoda a uno de los miembros de la pareja.

También se pueden distribuir las tareas en base a los intereses/habilidades de cada uno. Por ejemplo, yo me ocupo de la limpieza y tú pagas el alquiler, llevas todo el papeleo, el mantenimiento de la vivienda, etc. No siempre es fácil encontrar un equilibrio, pero casi siempre se pueden encontrar soluciones, que no tienen que ser 100 equitativas. 

Pensemos que cuando vamos al cine, pagamos el 100% de la entrada a cambio de placer y a veces el afecto de nuestra pareja bien vale ese desequilibrio que nos parece apreciar. Tal vez en el futuro las cosas cambien y la balanza se incline hacia nuestro lado. Recordemos que una exigencia de equidad perfecta (según  nuestro criterio) puede acabar fácilmente con unas buenas relaciones.

Recomendamos al lector entregarse con buen talante a la tarea de buscar y aplicar soluciones  no agresivas, como un ejercicio para la mejora del autocontrol y de las habilidades sociales que lo preparará para gestionar con más eficiencia sus relaciones con otras personas.

Las descalificaciones

La descalificación puede definirse como un juicio valorativo de tipo general, que se dirige a nuestro interlocutor con ánimo de desacreditarlo o de poner de manifiesto alguna deficiencia física, intelectual o conductual. 

Una de sus características distintivas es que no emplea argumentos ni elementos definitorios del problema sino que ataca al interlocutor sin especificar la razón ni aportar una indicación de cuál es la conducta especifica que tendría que cambiar. La descalificación no intenta solucionar un problema conductual sino agredir al infractor y por eso puede considerarse como una forma degenerada del reproche en la que se ha primado el componente punitivo en menoscabo del corrector.

La descalificación ofrece varios niveles de gravedad: Puede dirigirse a la persona (¡Eres estúpido!), a su conducta (¡No hagas estupideces!), a su pensamiento o creencias (¡no digas tonterías!) o a sus afectos (Ese amigo tuyo es un estúpido, o bien, ese actor que tanto te gusta es un espanto). Pero no olvidemos que en todos los casos estaremos agrediendo a nuestro interlocutor.

En la mayoría de las descalificaciones, no se suelen aportar argumentos, sino un juicio tan genérico como negativo. En resumen, la descalificación se limita a expresar el desprecio del emisor hacia el receptor.

La estrategia a seguir en este caso pasa por suprimir de nuestra conducta la emisión de descalificaciones de todo tipo. Si se diera el caso de que consideráramos necesario criticar algo,  debemos hacerlo aportando argumentos autoevidentes, expresados en un lenguaje exento de insultos, ofensas y juicios de valor. Sería un buen ejercicio, previo a la crítica, realizar el esfuerzo mental de ponernos en el lugar del que criticamos para deducir sus posibles motivaciones, y si lo hacemos a conciencia, tal vez lleguemos a la conclusión de que tal critica es injusta.

En todo caso, una crítica constructiva, moderada y exenta de descalificaciones elevará nuestro prestigio ante nuestros interlocutores, y nos enseñará a pensar con mayor rigor y a reducir la cantidad de insensateces que salen de nuestra boca y que sólo sirven para devaluar nuestra propia imagen antes que la de aquellos a los que descalificamos.

Un ejemplo de descalificación: El partido que has votado y que ahora gobieerna, está formado por una cuadrilla de inútiles corruptos que nos llevará al desastre.

Una crítica aceptable: El problema de este gobierno es que no tiene experiencia en gestionar una crisis económica internacional, y sus esquemas teóricos sólo funcionan en épocas de bonanza. Me consta que actúan de buena fe, pero creo que no podrán sacarnos de esta situación.

En todo caso, las críticas, aunque sean constructivas y bien argumentadas, no se deben dirigir contra nuestro interlocutor ni a su esfera de intereses, porque si así lo hiciésemos, estaríamos socavando innecesariamente las mutuas relaciones.

En cuanto a la actitud que se debe adoptar frente a un interlocutor que profiere descalificaciones que nos resultan incómodas, será siempre la del silencio indiferente. Si se nos exige una contestación, debemos evitar entrar en su juego. Basta con decir: No sé, no tengo una opinión sobre esto.

Si las descalificaciones se refieren a nuestra persona o a algún allegado o familiar, y nuestro silencio no es interpretado como desaprobación, lo que procede es advertirle con calma: Si sigues hablando de este tema y en esos términos, tendré que irme. Y no dar ningún tipo de explicación, más allá de que "me haces sentir muy incomodo".

De esta manera, nuestro interlocutor detecta nuestra desaprobación, pero no puede enzarzarse en una disputa contra nosotros, que es lo que busca y lo que le resulta más divertido.

Nuestra actitud numantina, fría y decidida le enseñará que si desea tener alguna relación con nosotros, la condición necesaria será la de respetarnos, es decir evitar cualquier conducta que nos pueda herir, como serían las descalificaciones sobre personas o ideas a las que profesamos cariño o respeto.

Las bromas, ironías y sarcasmos

Aunque el sentido del humor suele tener buena prensa, hay que tener siempre presente que el humor mal empleado es una importante causa de deterioro y ruptura de las relaciones humanas.

Por fortuna, es fácil manejarlo sin que produzca efectos perversos, siguiendo una sencilla norma: Nunca hacer humor a costa de nuestro interlocutor ni de nada que pueda incomodarle.

El humor requiere agudeza y rapidez mental y por lo tanto es una forma de exhibir públicamente nuestro talento y habilidad intelectual, y de ahí que cuando tenemos una ocurrencia humorística que juzgamos ingeniosa sentimos un fuerte impulso a expresarla en voz alta, para alardear de nuestro ingenio.

Con frecuencia se nos ocurren comentarios ingeniosos, que contienen en su planteamiento un dardo dirigido a la sensibilidad de nuestro interlocutor y no podemos resistirnos a la satisfacción de soltarla para disfrutar de la breve gloria que produce ese destello de ingenio.

A la larga estas bromas a costa de nuestra pareja, amigos y familiares, deteriora la relación, al provocar una respuesta equivalente en nuestros interlocutores, que acaba convirtiendo un juego inofensivo en una guerra cruel sin que seamos conscientes de cómo ha tenido lugar esa transformación al haberse producido muy lentamente.

La táctica para evitar este proceso de deterioro consiste en renunciar a pronunciar bromas a costa de nuestro interlocutor, sometiéndolas a una autocensura antes de expresarlas en voz alta. Podemos hacer bromas, pero siempre que estemos seguros de que no van a molestar a nuestro interlocutor y la única forma de estar seguros es no hacer chanza a costa de nada que el aprecie.

Tampoco ayuda a mejorar nuestra propia imagen hacer bromas crueles e injustas a costa de los demás, aun cuando sean bien recibidas. Sería un buen ejercicio ir descartando este tipo de bromas, si es que queremos el respeto de los demás. Aunque la gente ría de buena gana los chistes crueles, en el fondo juzgan al “chistoso” como un individuo peligroso y despreciable con el que no conviene relacionarse si no es estrictamente necesario.

En cuanto a la conducta a seguir respecto a las bromas de que somos objeto por parte de los demás, lo más práctico es no darse por aludido, no reír la gracia y no manifestar ninguna emoción ni desaprobación explicita, si no es un frío y largo silencio.

El objetivo es mandar a nuestro interlocutor el mensaje de que no nos gustan las bromas a nuestra costa, y que en ningún caso vamos a replicar, si no es con el silencio y la frialdad. Una vez más, la técnica es evitar que el infractor reciba recompensas por sus acciones, ni la ocasión de entrar en una discusión acalorada que tal vez gane él y que en cualquier caso degradará la relación. Téngase en cuenta que el ganador de una confrontación siempre obtiene placer, aunque a la larga tenga que pagar un alto precio en forma de deterioro de una relación que antes era una fuente de placer.

El problema más grave se da cuando formamos parte de un grupo y no podemos zafarnos de las bromas agresivas de algún miembro del grupo que recibe la recompensa de los otros miembros del grupo que ríen sus gracias. En estos casos lo más práctico es no darse por aludido, y si insiste en su conducta, aprovechar el momento en que se produzca un ataque particularmente cruel para pedirle serenamente y en voz alta para que lo oigan todos, que no vuelva a ocuparse de nosotros y que si persiste en su actitud, nos veremos obligados a irnos.  Si insiste, lo que procede es despedirse del resto y abandonar la reunión con determinación y serenidad.

Lo normal, si el resto del grupo siente aprecio por nosotros, es que le afeen su conducta, y si no es así, lo mejor es abandonar definitivamente un grupo donde no se nos respeta, porque sólo conseguiremos humillaciones y malas experiencias. Es importante la relación con nuestros semejantes pero también puede convertirse en una mala experiencia que además menoscaba nuestra autoestima y seguridad. Aquí vale lo de "mejor solo que mal acompañado".

No decir a los demás cómo y cuándo deben hacer las cosas

Una mala costumbre muy generalizada que suele pasar desapercibida al que la práctica es la de decir a los demás cómo y cuándo deben hacer o dejar de hacer determinadas cosas.
Normalmente esta mala costumbre se da con mayor frecuencia en las relaciones entre padres e hijos, y tiene su origen en la necesidad que siente el padre de enseñar a su hijo buenas costumbres que le ayuden a abrirse camino en la vida. El problema surge cuando se ejerce en demasía y también cuando se prolonga hasta más allá de la adolescencia.

También se suele aplicar en la relación con amigos, familiares y cónyuges, favorecida por la familiaridad y confianza que se tiene con estas personas cercanas.

Contra esta pésima costumbre, causa importante del progresivo deterioro de la relación, la única actitud que cabe es tomar consciencia del peligro que encierra y hacer un esfuerzo deliberado y sistemático para suprimirla de nuestra conducta habitual.

Téngase en cuenta que este tipo de conductas se ponen en marcha automáticamente, sin que seamos conscientes de ellas y que son percibidas subjetivamente como intentos bienintencionados de ayudar a los demás, por lo que no nos sentimos culpables y eso hace mucho más difícil su erradicación y control.

Entonces, ¿cómo educar a nuestros hijos?, ¿cómo explicarle a nuestra pareja lo que esperamos de ella o lo que no soportamos? ¿cómo ayudar a los demás a que lleven unas vidas más organizadas y productivas, por su propio bien?

La cuestión a considerar es que estos consejos conminatorios (no dejes el plato sucio, baja la tapa del inodoro, no aparques tan alejado de la acera, etc.) no van a cambiar la conducta de nadie y aunque finalmente lo consiguieran van a generar odio, resentimiento y finalmente desinterés por el "instructor".

En los casos en que creamos que debemos dar uno de nuestros bienintencionados consejos, antes de abrir la boca, debemos considerar estos puntos:

  • ¿Es realmente importante? ¿Una cuestión de vida o muerte?
  • Si se lo digo ¿en base a la experiencia que tengo, creo realmente que va a cambiar la conducta a corto o medio plazo?
  • ¿Existe algún otro medio que no pase por decirle explícitamente lo que debe hacer?


Si finalmente creemos que merece la pena deteriorar nuestra imagen, nuestra relación y nuestra capacidad de persuasión, a cambio de lo que creemos que vamos conseguir, tratemos de adoptar un estilo natural, casual, despreocupado.

“¿Sabes un truco para hacerlo”, en lugar de: ¡No seas bruto! ¡Te voy a enseñar cómo se hace!

La clave está en plantear el consejo de tal forma que no parezca que tú eres superior a él, ya sea en conocimientos o en estatus, porque en tal caso se disparará su mecanismo de defensa jerárquico y hará oídos sordos a lo que le estás diciendo y se reforzará su idea de que eres un pesado y un incordio.

Debemos buscar estrategias alternativas para inducir cambios en la conducta de los demás: Por ejemplo, hacer nosotros mismos las acciones para que el otro vea cómo se hacen. Comentar algo que sirva de referencia. Por ejemplo, podríamos decirle: Tengo un compañero de trabajo que huele muy mal porque no se ducha a diario. Figúrate que el jefe lo tuvo que llamar al despacho para decirle que había recibido quejas de sus compañeros sobre su higiene personal. No quiero pensar la vergüenza que tuvo que pasar.

Esto es mucho más efectivo y menos peligroso que decirle: Hueles muy mal. Deberías lavarte más a menudo.

En resumen, se trata de buscar soluciones imaginativas para conseguir el objetivo sin que nuestro interlocutor sea consciente de que le estamos dando instrucciones para que cambie de conducta. Para ello hay que tener la habilidad de plantearlo como un reto personal que le llevará a una situación mejor para sus propios intereses sin someterlo a crítica ni vejaciones que finalmente se volverá en rencor contra nosotros.

Con frecuencia, nos cuesta entender los malos hábitos de otras personas,  y a menudo llegamos a considerarlos como una afrenta personal contra nosotros. Así, si vivimos con una persona descuidada, podemos llegar a creer que actúa así por desprecio a nuestra persona, cuando lo que ocurre es que tiene una sensibilidad diferente ante lo que se considera como "suciedad". De hecho hay personas que sufren obsesiones por la limpieza y consideran cualquier nivel de limpieza como insoportablemente deficiente.

Cultivar el respeto

El ser humano es fuertemente jerárquico y esto significa que intentará expandir el límite de su territorio y de su influencia sobre los demás, tanto como sea posible. De hecho, intentamos expandirnos hasta que nos encontramos con el territorio de los demás y ahí comienza un forcejeo que no termina nunca. Y lo que solemos ignorar es que este proceso es automático y se desencadena aún en el caso de que no lo deseemos y sin que seamos conscientes de ello.

El problema reside en que en el decurso de estas luchas territoriales y de estatus, aparecen fricciones que suelen desembocar en un deterioro progresivo de las relaciones.

La clave para evitarlo está en trazar fronteras bien definidas, basadas en los principios de igualdad y equidad y respetarlas, aun en el caso de que nos sintamos con capacidad para sobrepasarlas o nos inviten a expandir nuestro territorio a expensas del de los demás.
Además, si respetamos las fronteras de los demás, estaremos en mejores condiciones para exigir a los demás que respeten nuestras propias fronteras.

Cada vez que nos veamos en la necesidad de invadir el territorio de los demás, debemos pedir respetuosamente permiso, dejando claro que sólo será por esta vez y en base a la urgencia o importancia del caso y que no volverá a repetirse. Sin embargo, la mejor solución es evitarlo siempre que sea posible.

Tengamos en cuenta que las fronteras nos separan de objetos deseados, pero también nos protege de otros indeseables. No podemos abrir o cerrar las fronteras que nos rodean cuando nos interese, porque después tendremos que aceptar que los demás invadan las nuestras.

Lo más práctico para mantener unas buenas relaciones con los demás es fijarnos a nosotros mismos unas fronteras y respetarlas y hacerlas respetar a rajatabla, porque cuanto menos veces se traspasen, más solidas se harán y más ayudarán a la concordia basada en el respeto mutuo. El respeto es, en esencia, la aceptación del territorio físico y psicológico de los demás.

No caigamos en el error de pensar que la confianza, sinónimo equívoco de las buenas relaciones, consiste en eliminar las fronteras, porque a medida que pase el tiempo esta táctica, que al principio parece dar excelentes resultados, se volverá contra nosotros.
La gente experta en las relaciones sociales, profesa un respeto exquisito al territorio de los demás y defiende con firmeza  y determinación el suyo propio.

En el terreno práctico debemos situar la frontera de los demás muy alejada de su área sensible, aunque nos inviten insistentemente a sobrepasarla.

Por otra parte debemos establecer nuestra propia frontera con límites muy amplios, de tal forma que cuando alguien las sobrepase tengamos oportunidad de emitir señales de desagrado sin tener que recurrir a la agresión y a la disputa.

Pensemos que el respeto mutuo es, a la larga, el mejor ambiente donde se puede disfrutar del cariño y de la mistad duradera y enriquecedora. Al eliminar las fronteras, lejos de conseguir mejores relaciones, aumenta el riesgo de una  confrontación fronteriza que acabará con la confianza y el respeto.

Y llegados este punto convendrá dar por terminado este tema, no sin advertir que nos hemos limitado a tratar los errores más graves que se cometen en las relaciones sociales. Para tener una buena relación, también hay que desplegar técnicas que proporcionen satisfacción a los demás, pero eso lo veremos en otra ocasión.

Si somos capaces de implementar estas sencillas normas en  nuestra vida habremos hecho el 50% del trabajo en lo que a las buenas relaciones se refiere (no deteriorar las relaciones). En otra ocasión trataremos el otro 50% restante (hacerlas más divertidas y atractivas).

Antes y después de Darwin

Siempre que la Humanidad se ha enfrentado con algo que no comprendía, ha recurrido al subterfugio de atribuirlo a los designios inescrutables de una entidad omnipotente.

Newton fue quien nos proporcionó la primera explicación coherente de la misteriosa e intrincada mecánica celeste y con ello expulsó a la divinidad de esas regiones celestiales.

Pero encontrar una explicación razonada para la existencia de millones de especies vivas que desafiaban todas los conocimientos y explicaciones que la ciencia había acumulado hasta 1859, era un reto ante el que todo intento había fracasado.

Una vez más, la mejor explicación pasaba por admitir la existencia de un gran diseñador todopoderoso que hubiese pergeñado y creado aquellas criaturas fantásticas que poblaban la superficie del planeta.

Pero hete aquí que un naturalista casi desconocido llamado Charles Darwin publica en 1859 un libro que cambiará radicalmente el pensamiento humano y abrirá una nueva y poderosa visión del fenómeno de la vida y del origen, naturaleza y destino del propio ser humano.

Darwin inició una revolución que obligó a reconstruir desde cero, todo aquello que tenía que ver con la vida en general y con el hombre en particular (religión, filosofía, ética, psicologia, antropologia, biología, etc.), aunque todavía haya quien no se ha enterado.

En esta ocasión trataremos de profundizar en el modelo de la realidad que el darwinismo aportó y las consecuencias que sobre el pensamiento humano tuvo y sigue teniendo.

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Yack:

Todos hemos oído hablar de la Teoría de la evolución darwinista pero ¿qué es lo que exactamente descubrió Darwin y cómo repercutió sobre el pensamiento humano?

Antes de Darwin, algunos pensadores habían lanzado la hipótesis de que tal vez las especies se hubiesen formado por evolución de otras anteriores, y eso tenía bastante sentido si consideramos las similitudes entre las distintas especies y subespecies.

Pero el gran mérito de Darwin reside en el hecho crucial de que fue él quien primero  proporcionó una explicación fundamentada de cómo se había producido esa evolución, y además lo hizo con tal precisión que, al día de hoy, la ciencia no ha hecho sino confirmar y robustecer esos puntos que él señaló en su libro "El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas preferidas en la lucha por la vida".

Es cierto que Darwin cometió algunos errores de escasa relevancia, en parte porque en aquella época se desconocía el mecanismo de la herencia, pero estos errores no afectaron significativamente al núcleo duro de su teoría.

En esencia, la teoría darwinista de la evolución viene a decir que los descendientes de un ser vivo presentan ligeras diferencias morfológicas entre sí y que esas diferencias inciden sobre sus posibilidades de sobrevivir en un determinado entorno. Los ejemplares mejor adaptados, tendrán mayores posibilidades de llegar a adultos y transmitir sus características ventajosas a su prole. Por el contrario, los especímenes peor dotados, tendrán más dificultades para reproducirse y sus características menos eficientes desaparecerán con ellos y no se incorporaran al patrimonio genético de la especie.
Afinando un poco más, podemos decir que, en términos muy simplificados, el darwinismo se sustenta en tres postulados:
  1. Todos los seres vivos proceden de un antepasado común.

  2. Los cambios de forma que han experimentado las distintas especies desde el antepasado común, se han producido mediante la acumulación de cambios graduales y minúsculos, de naturaleza aleatoria.

  3. La evolución se produce cuando la Selección natural actúa sobre los cambios aleatorios (2) y elimina las variedades menos eficientes antes de que tengan oportunidad de reproducirse y transmitir sus características negativas.

Al día de la fecha no se ha descubierto nada que invalide estos postulados y no existe ninguna otra explicación plausible y sí muchas predicciones y confirmaciones de estos postulados en campos tales como la cría selectiva, la genética, o la programación evolutiva en el campo informático.

Las repercusiones de esta teoría, firmemente afianzada en la ciencia actual, y hasta en la religión, han sido muchas.

La teoría darwinista nos viene a decir, en síntesis, que todo aquello que existe en el ámbito de los seres vivos, tiene una función y un propósito, porque de no ser así no se habría formado a lo largo de un largo periodo evolutivo.

En la economía de supervivencia de los seres vivos, todo aquello que no es útil se vuelve un peso muerto que lastra las expectativas de supervivencia del individuo.

Incluso los comportamientos han de tener una razón de ser y la razón de ser, tanto de los comportamientos como de todas las características morfológicas de un individuo normal, hay que buscarlas, únicamente, en su contribución al propósito general de sobrevivir y dejar descendencia. Y nada más.

A partir de esa poderosa visión simplificadora, todo adquiere una nueva dimensión interpretativa, un nuevo origen y un nuevo destino.
El amor ya no es una potencia del alma inmortal, sino un instinto animal dirigido a la procreación y al mantenimiento de la pareja para hacer frente a la crianza de los hijos.

El odio deja de ser un ominoso pecado merecedor del castigo eterno, para pasar a ser un sentimiento que nos protege del oportunismo depredador de los demás.

La fidelidad no es una virtud teologal de obligada observancia, sino una estrategia para asegurarse el mutuo compromiso de sacar adelante la dotación genética de ambos miembros de la pareja, almacenada en los retoños.

Dios ya no es el gran diseñador que explica y justifica nuestras concepciones éticas sobre el bien y el mal, y tampoco nos recompensará o castigará después de la muerte, dado que Darwin ha aportado una explicación que lo hace tan innecesario como absurdamente redundante y mimético con la teoría darwinista.

Dennet lo expresa muy bien diciendo que la teoría darwinista representa una especie de "ácido universal" que ha disuelto todas las teorías poéticas que la Humanidad había ideado para explicar el universo y la realidad. Pero debajo de las viejas estructuras carcomidas por el ácido universal, surge otra realidad infinitamente más sólida, bella y sorprendente, aunque menos ñoña y autocomplaciente, hecha a medida de mentes más maduras y abiertas a la auténtica realidad que habitamos.

Cómo debe ser la filosofía del siglo XXI

Bien entrados ya en el siglo XXI, podemos constatar, con cierto estupor, que buena parte de la población profesa hacia la filosofía y, aun peor, hacia los filósofos, una suerte de admiración que a menudo raya en la veneración. 

Pero aun descubrimos un hecho más inquietante si cabe: La mayoría de estos apologetas se declaran incapaces de explicar qué es exactamente la filosofía, para qué sirve y cuál es el objeto de su estudio.

Y tal vez la razón de que no lo sepan esté en que la filosofía no admite una definición clara, no sirve para nada y tampoco cuenta con un objeto claro de estudio.

Entonces, -cabría preguntarse- si esto es así, ¿por qué se llama este blog "Tertulia filosófica Puerta de Toledo"?

En esta ocasión trataremos de aclarar qué es la filosofía, cómo debería ser la filosofía del siglo XXI y de paso, por qué se llama así este blog.
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Yack

Hubo un tiempo en que las criaturas que poblaban este planeta sólo eran capaces de hacerse tres preguntas: cómo comer, cómo no ser comido y cómo tener sexo.

Pero esta situación inicial cambió cuando un extraño mono lampiño descendió de los árboles y aprendió a caminar sobre sus cuartos traseros. Su cerebro creció más allá de todo límite imaginable y como resultado de ello apareció sobre la Tierra la especie que ahora conocemos como "homo sapiens sapiens", lo que viene a significar: el mono que sabe que sabe. Y el resto ya es historia.

Cuando la especie humana aprendió algunos trucos (el fuego, la rueda, los metalurgia, etc.) y dispuso de suficiente tiempo libre para pensar sobre cuestiones no vinculadas a la supervivencia, apareció la filosofía.

Esta primera versión de la filosofía, que podríamos definir como "deseo de conocer" surge de la combinación de tres factores: 
  • Un cerebro muy potente. 
  • Mucho tiempo de ocio.
  • Un instinto de exploración muy desarrollado, heredado de los primates.

Y es en este escenario inédito donde surgen las primeras preguntas no relacionadas directamente con las tres cuestiones fundamentales. Por ejemplo: ¿qué son esos puntos de luz que brillan en el cielo nocturno?, ¿qué ocurrirá después de la muerte con nuestra conciencia?, ¿quien hizo el mundo y para qué?, etc.

En principio, podría parecer que estas preguntas carecen de interés práctico, pero analizadas desde la perspectiva del siglo XXI podemos considerarlas, retrospectivamente, como la semilla de donde surgió la ciencia y la tecnología actual. La clave, en suma, de nuestro imparable y floreciente éxito evolutivo.

La filosofía nace, pues, como una actividad intelectual producto del "deseo de conocer" pero, y aquí está lo esencial, no sólo de lo que es, o parece ser, útil (confeccionar la ropa, cazar animales, conservar la comida, etc.), sino de todas aquellas otras cuestiones que resultan incomprensibles, sean útiles o no.

Así pues, con la aparición de los primeros filósofos, se inicia la escisión de los pensadores humanos en dos castas cada vez más diferenciadas:

Tecnocientificos: Que son aquellos que reflexionan sobre problemas reales y prácticos con el fin de elaborar modelos predictivos de la realidad y desarrollar soluciones técnicas que permitan satisfacer los deseos de sus semejantes: el relojero, el constructor de acueductos, el arquitecto, el físico, el médico, etc.

Filósofos: Los que se dedican a buscar respuestas a preguntas sobre cuestiones que cumplen alguno de estos tres requisitos:

  • Problemas que no tienen repercusiones sobre el mundo real: ¿Cómo se mueven las estrellas? ¿cómo aparecieron los seres vivos? ¿cuándo se acabará el mundo?
  • Problemas imaginarios: ¿Cuál es el sexo de los ángeles? ¿cómo es Dios? ¿de dónde proviene el alma?
  • Problemas mal planteados: ¿Cual es el sentido de la vida? ¿Qué misión tiene el hombre en la Tierra? ¿por qué nos visitan los difuntos durante los sueños?

Y dado que las respuestas a estos tipos de problemas no pueden ser verificadas en el mundo real, la filosofía se fue convirtiendo en una ciénaga poblada de monstruos estériles e incapaces de vivir y prosperar fuera de su mundo hermético, de ese ecosistema cada vez más depauperado que llamamos "filosofía".

Si nos remontamos a los comienzos de la filosofía griega, podemos constatar que ya los primeros filósofos, y dado que no producían nada útil, se vieron forzados a vivir a costa de los demás. Para conseguirlo, se convirtieron en mercachifles de la sabiduría y desarrollaron hábiles estratagemas dialécticas para convencer a su público iletrado y a sus ingenuos mecenas de que conocían las respuestas a casi todas las preguntas. Y dado que la información y el conocimiento es poder, utilizaron su truculento prestigio para mantener un estatus de superioridad moral e intelectual sobre sus conciudadanos y también sobre las generaciones venideras. Un prestigio que ha perdurado hasta el siglo XXI, junto con el de otros residuos del pensamiento erróneo, como son las religiones.

Los filósofos se convirtieron con el transcurso del tiempo en atareados artesanos de lo inútil, desarrollando una amplia panoplia de ideas, teorías y afirmaciones que compartían la dudosa virtud de no admitir demostración ni refutación alguna. Por si eso fuese poco, además resultaban perfectamente inútiles, cuando no contraproducentes.

Quien se acercaba a la filosofía, guiado de su noble afán de conocer, se sentía abrumado por su lenguaje críptico y su nomenclatura inaprensible, llegando finalmente a la conclusión de que su inteligencia no estaba a la altura de la de los grandes filósofos. Estos, en cambio, sí parecían entender toda aquella barahúnda inextricable, a juzgar por los interminables debates en los que se enzarzaban y por los gruesos libros que leían y escribían.

En otro ámbito, los ingenieros, arquitectos, y demás pensadores tecnocientíficos, interesados en solucionar problemas reales, fueron creando, sin alharacas y con perseverancia, la ciencia y la técnica que hoy conocemos y que tanto ha cambiado nuestras vidas.

Y aunque la filosofía y la ciencia comparten el afán de conocer, la filosofía pronto calló en el pecado de la soberbia y la molicie, abandonando el gravoso principio de consistencia con la realidad, mientras que la ciencia se mantuvo firme en su creencia de que resultaba imprescindible validar sus hipótesis en el mundo real, mediante experimentos objetivos.

El filosofo idea explicaciones y teorías pero no las somete a verificación, porque sabe por propia experiencia, que nunca arrojarán un resultado positivo, de la misma manera que el teólogo nunca plantea hipótesis que puedan verificarse o falsarse objetivamente.

El científico también idea teorías y explicaciones, pero enseguida las somete a prueba a través de experimentos y predicciones. Si su idea no sirve para resolver problemas reales ni puede realizar predicciones útiles, la desecha o la somete a revisión hasta que demuestre su utilidad, si es que la tiene.

El filósofo, por el contrario, se considera a sí mismo liberado de la necesidad de validar sus teorías y eso le permite seguir avanzando en sus elucubraciones, sin invertir apenas esfuerzo, ni correr el riesgo de la decepción y el ridículo. No le importa lo descabellada que sea su hipótesis, pues sabe que su defensa es sólo una cuestión de habilidad dialéctica y de empecinamiento.

El peor inconveniente de la filosofía es que todo el esfuerzo que invirtamos en ella se reduce a tiempo perdido. Su eterno deambular por las esferas celestiales del pensamiento, no la lleva a ninguna parte, como lo demuestra el hecho de que después de tantos siglos de filosofía, no haya aportado ni una sola idea útil a la humanidad, proeza sólo igualada por la religión.

Pero -podría objetar el lector- no es posible que tantos sabios, pensando durante tantos siglos, no hayan conseguido sacar a la luz ni un sólo fruto tangible.

Pues, lo es. Y este auténtico prodigio de incompetencia se explica por el tipo de problemas a los que se han dedicado y la absurda metodología que han seguido. 

Como ejemplo, tomemos un caso particular de la filosofía: la teología cristiana. A estas alturas sabemos sin ningún género de dudas que Jesucristo, o bien no existió, o sólo fue un hombre normal y corriente. Pues bien, los teólogos, que fueron considerados grandes pensadores por sus coetáneos, se dedicaron durante siglos y siglos a idear explicaciones y teorías sobre un hecho inexistente: la divinidad de Jesús. Y peor aún: en el siglo XXI siguen haciéndolo, ignorando la poderosa y revolucionaria visión de la Realidad que nos ha proporcionado la ciencia en los dos últimos siglos.

La ciencia ha comprendido desde hace mucho tiempo que la mente humana yerra continuamente y que cada paso, cada suposición, requiere una validación objetiva contra la única instancia fiable: la Realidad.

Y gracias a esa sencilla pero poderosa idea, ha podido avanzar con paso firme y seguro hasta proporcionarnos una cantidad inmensa de respuestas correctas que, además de satisfacer nuestra curiosidad, nos han ayudado a sobrevivir y a convertirnos en los dueños del planeta.

Recordemos que la curiosidad no es sino un instinto adaptativo que nos empuja a conocer el entorno para dominarlo. Somos curiosos porque a la larga, como la ciencia ha demostrado, la curiosidad nos espoleará hasta encontrar la gran respuesta a las tres peguntas fundamentales: como comer, como evitar ser comido y como tener sexo.

Sin embargo, durante la larga exploración realizada y gracias a la versatilidad de nuestro cerebro, hemos encontrado muchas otras preguntas y respuestas intermedias que han enriquecido nuestra vida más allá del estadio animal en el que continúan el resto de las especies vivientes.

Y llegados a este punto, trataremos de plantearnos si puede existir en el siglo XXI una filosofía que sea algo más que una fuente de errores y que no esté aquejada del mal que hemos mencionado, es decir, de la inoperancia y la inutilidad. Y si así fuera, cómo debería ser esa filosofía.

La mayoría de las personas no distinguen netamente la diferencia esencial que hay entre un texto filosófico y un texto científico. En ambos casos se siente sobrepasados y abrumados por los conceptos y la nomenclatura incomprensible y eso les hace creer que esta percepción responde a la misma causa: el haber entrado en contacto con mentes superiores que, por razón de esta superioridad intelectual, le resultan incomprensibles.

Pero en realidad la diferencia fundamental está en que los textos filosóficos son un simulacro de pensamiento enrevesado mientras que la ciencia es la descripción objetiva y demostrada de la realidad, que puede resultar difícil de entender si no se posee formación científica. Sin embargo un texto filosófico no contiene información útil, lo lea quien lo lea, mientras que un texto científico aporta información relevante al lector preparado para comprenderlo.

No obstante lo dicho anteriormente, no toda la filosofía es desechable. Para que un relato filosófico merezca ser leído y resulte útil al lector, debe reunir dos condiciones: 

Estar escrito a partir del siglo XIX y apoyarse en la ciencia sin contradecirla ni ignorarla en ningún momento.

Cuando afirmamos que debe ser posterior al siglo XIX queremos decir que sólo a partir del siglo XIX, la ciencia comenzó a manejar conceptos lo suficientemente enrevesados como para necesitar de la filosofía para interpretarlos. Y cuanto más reciente sea la filosofía, como también ocurre con la ciencia, mayor será la cantidad de información relevante disponible.

Adicionalmente, la buena filosofía debe basarse y ser coherente con los últimos descubrimientos de las ciencias experimentales, tales como la física, la astronomía, la biología, etc. Pero, dicho esto, tal vez el lector podría preguntarse para qué necesitamos filósofos si ya tenemos científicos.

Esta es la cuestión clave. La neurociencia, por ejemplo, ha descubierto recientemente que las decisiones tienen lugar unas decimas de segundo antes de que tengamos conciencia de haberlas tomado. Y ahí se detiene.

La buena filosofía, toma ese nuevo hecho recién descubierto e intenta interpretarlo desde el punto de vista de los intereses, creencias y expectativas humanas: ¿somos realmente libres? ¿somos responsables de nuestros actos? ¿es legitimo castigar a los culpables o habría que exonerarnos de su culpa considerando que las decisiones se toman automática e inconscientemente?

Respecto a la teoría de la evolución, por ejemplo, la ciencia constata que el diseño de los seres vivos es el resultado de un proceso progresivo de perfeccionamiento basado en las mutaciones aleatorias y en la supervivencia del más apto. Esto es lo que la ciencia ha descubierto, pero eso no satisface plenamente nuestra curiosidad humana. Queremos saber las implicaciones de ese descubrimiento. ¿Existe el Gran Hacedor? ¿Existe el alma, la ética, el premio o el castigo divino? ¿tiene sentido la vida humana?, ¿tiene una finalidad?, etc.

Todas estas preguntas y muchas otras, no son tarea para la ciencia, sino para la buena filosofía. Pero no se puede hacer buena filosofía sin conocer a fondo la teoría evolutiva y sólo desde ese conocimiento se puede crear una nueva visión, esta vez revolucionaria y auténtica, del hombre como una especie dotada de una inteligencia superior, pero sin conexiones con la divinidad ni en posesión de un alma inmortal, responsable de las funciones superiores del intelecto.

Se necesitan nuevos filósofos para interpretar en claves humanas lo que la ciencia saca a la luz, pero hay que dejar atrás la vieja filosofía, basada en ocurrencias sin fundamento, trabadas con la pegajosa goma de la dialéctica y defendidas desde el principio de autoridad y con la ayuda de una nomenclatura abstrusa.

Tan absurdo es hablar de física basándose en la física infantiloide de Aristóteles, como hacer ética basándose en Platón o Kant, ignorando a Newton y a Darwin.

En cuanto a la última cuestión que nos planteamos, es decir, por qué se llama este blog Tertulia "filosófica" creemos que ha quedado ya explicado. Nuestra intención es proporcional una explicación de algunas cuestiones de interés humano, basada en lo que la ciencia ya conoce, y reinterpretada desde la propia experiencia vital.

La filosofía como conocimiento autosuficiente, ajeno a los descubrimientos científicos y al paso del tiempo, es una utopía trasnochada que, como ocurre con la homeopatía o la acupuntura, aun es defendida por muchos, ya sea por interés, por desconocimiento o por mimetismo cultural.

La filosofía como un intento de interpretar, desde el punto de visto de la curiosidad humana,  los descubrimientos científicos, puede ser valiosa para proporcionar al lector unas referencias sólidas que le permitan tomar decisiones acertadas, o al menos para no incurrir en ocurrencias peligrosas para sí mismo y los demás.

Somos máquinas de procesar información, y en la medida que esa información sea errónea o inconsistente con la realidad, se vuelve peligrosa. La buena filosofía ayuda a estructurar la información y a interpretar correctamente las experiencias personales para mejorar y optimizar nuestra conducta.

En suma, la buena filosofa nos ayuda a ser más felices, que es el objetivo último de cualquier sistema de pensamiento, ya sea ciencia o filosofia.






He aquí un filósofo del siglo XXI haciendo buena filosofía del siglo XXI. No estoy diciendo que la buena filosofía es tan fiable como la ciencia, pero sí que es la única digna de consideración, y que puede ayudarnos a comprender la complejidad de la realidad