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Cómo acabar con las crisis económicas

Atravesamos una crisis económica que no parece tener fin y como siempre que se está inmerso en un grave problema colectivo, no cesan de aparecer profetas y agoreros que explican desde la tribuna las causas del mal que nos aqueja y sus posibles soluciones.

Naturalmente no vamos a dejar escapar la oportunidad de entrar en el juego y exponer nuestra propia opinión que como siempre quedará sometida al juicio de los lectores de este blog.
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Yack:
Las economías anteriores al siglo XX se caracterizaban por un crecimiento supeditado a su capacidad para atender la demanda social de bienes y servicios de primera necesidad. Esta limitación, además, suponía un freno insalvable para el crecimiento demográfico de las poblaciones.
Sin embargo, con el advenimiento a mediados del XVIII de la Revolución Industrial, y sus portentosas invenciones, tuvo lugar un brusco y sostenido incremento de la producción, sin parangón en la historia pasada, que continuó desplegándose hasta nuestros días. Posteriormente, y como resultado directo e indirecto de los profundos cambios tecnológicos y sociales acaecidos, la natalidad inició una caída espectacular en el seno de las sociedades de economías más avanzadas.
Y como resultado de la confluencia de ambas tendencias (la tecnología y la estabilización del crecimiento demográfico), la capacidad individual para adquirir bienes y servicios, se vio incrementada sin limitación, permitiéndonos transitar en menos de un siglo desde una economía de supervivencia a una economía de consumo suntuario.
Lo que caracteriza a una economía suntuaria es que el 90% de los bienes y servicios (joyas, viajes a lugares exóticos, autos de alta gama, moda) que constituyen el grueso de la actividad económica son innecesarios para la supervivencia. Así, las motivaciones del ciudadano para trabajar todos los días, han dejado de ser la de asegurar la supervivencia de su prole, para concretarse en objetivos tan fútiles como ir de fin de semana a Florida o sustituir su móvil de un solo año de uso por el último modelo que ha salido al mercado.
Pero las economías suntuarias adolecen de un problema oculto, y ese problema es que resultan demasiado vulnerables al efecto mariposa. Y con esto queremos decir que pequeñas causas pueden producir grandes efectos, difíciles de prever y aún más difíciles de controlar.
Veámoslo con el siguiente ejemplo: Supongamos que, por razones reales o imaginarias, aparecen en el horizonte señales de una hipotética crisis. En tal caso, los consumidores de nivel medio, ante la duda, podrían tomar la decisión de reducir un 25% su consumo habitual, sin que por ello se viera comprometido su nivel básico de confort (seguridad, alimentación, educación, entretenimiento, etc.). Cuando una familia de clase media se aprieta el cinturón, no está pensando en racionar las cebollas y las remolachas que constituyen su única provisión de comida, sino en renunciar a las vacaciones en Nueva york y resignarse a veranear en una playa nacional.
Las economías suntuarias, al no basarse en la producción bienes y servicios de primera necesidad, pueden experimentar bruscas contracciones como consecuencia de cualquier suceso insignificante, tal como la quiebra de una empresa conocida, unas previsiones pesimistas de crecimiento, una guerra en Oriente medio, un error importante en el mercado bursátil, etc.

Pero el auténtico problema reside en el hecho de que esa pequeña perturbación en las expectativas económicas, puede amplificarse rápidamente e introducirse en el cerebro del consumidor y socavar así su confianza en un futuro que se ha vuelto bruscamente incierto.

Y cuando el grueso de una sociedad compuesta de homo sapiens teme por su futuro económico, su primera reacción es la de suspender o reducir los gastos suntuarios.  Y entonces, pasamos de una alarma virtual sin fundamento objetivo a una situación de emergencia real que puede penetrar en la mente de los consumidores hasta cambiar radicalmente su conducta.
Y en este punto entramos en el temible círculo vicioso que nadie ha sabido (hasta ahora) detener:
  1. Los consumidores creen (con o sin fundamento) que la situación económica puede ir a peor.
  2. Para ponerse a cubierto de lo que se avecina, deciden ahorrar, es decir, reducir el consumo.
  3. Al reducirse el consumo, muchos trabajadores se queda sin trabajo, lo que reduce aún más el consumo, el gobierno aumenta los impuestos para subsidiar a la población que ha perdido el empleo y el futuro se vuelve cada vez más lúgubre.
  4. Ahora los consumidores constatan que lo que en la fase 1 era solo una conjetura, se ha convertido es una realidad palpable y se reafirman y profundizan en su estrategia de ahorro. Estamos ante una profecía autocumplida.
Pero antes de dar el siguiente paso, volvamos al principio. Las crisis económicas de antaño estaban motivadas por una drástica reducción de la producción, que a su vez se debía a causas reales y tangibles tales como sequías prolongadas, hecatombes naturales, plagas, guerras e incluso un crecimiento explosivo de la población como resultado de un largo periodo de prosperidad.
La estrategia más razonable e inteligente en estas situaciones era la de ahorrar, es decir, restringir el consumo tanto como fuese posible, para alargar la duración de las reservas alimenticias, en espera de mejores tiempos.
Sin embargo, nuestra economía suntuaria se caracteriza porque no adolece del problema de la insuficiente capacidad productiva de época pasadas. Por el contrario, la economía de los países más avanzados se muestra capaz de producir cantidades cada vez mayores de bienes y servicios a un ritmo siempre más elevado que el crecimiento de la población.

Su talón de Aquiles está, paradójicamente, en la posibilidad de que una porción importante de consumidores tomen, sincronizadamente, la decisión de ahorrar. En tal caso, y en la medida en que se reduzca el consumo, caerá la demanda y el sistema productivo se ralentizará, dado que carece de sentido, por ejemplo, seguir fabricando coches si nadie quiere comprarlos. Las fábricas están ahí, la maquinaría engrasada y lista para producir bienes, los trabajadores deseosos de entrar en acción, pero una parálisis general bloquea todo el sistema.
Según lo anterior, las crisis económicas de los países más desarrollados tienen que ver con la psicología de los individuos que siguen pensando como sus antepasados paleolíticos, cuyos genes se conformaron a lo largo de milenios de economías de supervivencia. Y si bien es cierto que desde la perspectiva del individuo, es positivo ahorrar para afrontar el futuro incierto, también lo es que cuando esta estrategia se aplica masivamente en una sociedad de economía suntuaria, se produce un colapso económico y se crea un problema real de paro y de reducción de la riqueza disponible, que afecta con especial virulencia a los desempleados.

En la medida que las máquinas se detienen o dejan de trabajar a pleno rendimiento, se reduce la generación de riqueza y esto, tarde o temprano afectará a la disponibilidad de bienes, o lo que es lo mismo, contribuirá inevitablemente al empobrecimiento real de la población.

La fórmula mágica para evitar las crisis económicas en las economías suntuarias pasaría por incentivar el consumo de la población, cuando esta incurriera en el error colectivo de “ahorrar” para afrontar un futuro que se percibe amenazador.  
Pero aquí nos topamos con el problema insalvable del egoísmo individual frente al altruismo del bien común. Si el equipo económico del gobierno que se enfrenta a una crisis nos asegurara que para salir de la crisis solo tendríamos que consumir más, nuestro egoísmo nos haría decir en tono burlón: ¡Que empiecen los demás!

Solo cuando comprobásemos que la prosperidad crece, y que la crisis es agua pasada, estaríamos dispuestos a volver al nivel de consumo anterior, pero por desgracia, esto no va a ocurrir mientras sigamos inmersos en el círculo vicioso de la desconfianza en el futuro. Sabemos cuál es el problema, sabemos cuál es la solución, pero el egoísmo individual y la desconfianza en el altruismo de los demás nos impide romper el sortilegio.
Se han intentado fórmulas mágicas para salir de este círculo vicioso, tales como el keynesianismo, que prescribe instar al  gobierno a que gaste mucho dinero en construir infraestructuras (carreteras, puentes, pavimentado de calzadas, etc.) para de este modo inyectar dinero en los bolsillos de los trabajadores y confiar en que estos lo gasten en consumo y con ello reactiven el círculo virtuoso.

Sin embargo, para financiar estas obras, en buena parte innecesarias y poco o nada productivas, el gobierno se ve obligado a sacar ese dinero del bolsillo de los ciudadanos, y al hacerlo reduce su capacidad de consumo, con lo que se agrava el problema que se pretendía resolver. Se requiere, por tanto, algún método mágico que incentive al ciudadano, desde su propio egoísmo, a consumir más. Pero ¿cómo?
Después de reflexionar largo y tendido sobre el arduo problema que nos ocupa, causa fundamental de las crisis económicas que padecen las economías occidentales, hemos ideado un revolucionario procedimiento que nos permitiría salir de cualquier crisis económica tan rápida y fácilmente que ni siquiera llegaríamos a percibirla. Veámoslo, pero antes advertiremos que es del todo impracticable porque para llevarlo a término, habría que convencer antes a centenares de viejos dinosaurios de la política y la economía, por no hablar de los incorregibles sindicatos:
Imaginemos que el gobierno de la nación nos hace la siguiente propuesta fiscal: Todo lo que usted gaste en este año por encima del 70% de los ingresos que obtenga, también en este mismo año, se beneficiará de una exención fiscal del 5%. Lo que gaste por encima del 80% disfrutará de una exención del 10%. Y lo que supere el 90% llegará a una desgravación del 25%.

Veámoslo con cifras: Usted gana 100.000 € este año.

- Lo que gaste por encima de 70.000  hasta 80.000 le generará una desgravación neta de 5% sobre ese importe.
- Lo que gaste por encima de 80.000 hasta 90.000 le generará una desgravación neta del 10% sobre ese importe.
- Lo que gaste por encima de los 90.000 hasta los 100.000 le generará una desgravación neta del 25% sobre esa cifra.
- Lo que gaste por debajo de 70.000 o por encima de 100.000 no producirá ninguna desgravación.
Para acogerse a esta desgravación fiscal, bastaría con acreditar, en la declaración de hacienda, los ingresos y el porcentaje que de esos ingresos se han dedicado al consumo. La acreditación podría hacerse proporcionando las facturas de compra o, más fácil aún, aportando los cargos en las tarjetas de crédito mediante el sistema telemático que conecta a los bancos con la Administración pública. Una alternativa, automática, económica, rápida y transparente.
El ajuste anual de esta tabla de exenciones fiscales por tramos quedaría a cargo del correspondiente Ministerio de Hacienda/economía del país, sometido a su vez a directrices comunitarias, que dieran coherencia a la medida, en el seno del interés general de los miembros de la Comunidad Europea.
En nuestra opinión, con la puesta en servicio de este sencillo incentivo fiscal, se conseguiría incrementar o reducir a voluntad la tasa de consumo, sin efectos colaterales, en función de la situación económica del país y conjurar para siempre el problema recurrente de las crisis económicas cíclicas generadas por el pernicioso retraimiento preventivo del consumo.

Adicionalmente, los ciudadanos se verían incentivados para declarar la totalidad de sus ingresos a fin de beneficiarse de la máxima desgravación posible, que será tanto mayor, cuanto más altos sean los ingresos declarados.
El método propuesto explota eficazmente el poderoso afán de beneficio egoísta del ser humano. Una fuerza de la naturaleza irresistible y de la que hasta ahora éramos rehenes durante los periodos de crisis económica.  Simplemente se trata de poner al día los viejos instintos ancestrales que se habían vuelto obsoletos,  reconduciéndolos para supeditarlos al servicio del nuevo paradigma que nos ha traído la economía suntuaria.

El arte y la técnica del diálogo

Todos conocemos a personas con las que mantener una conversación resulta ser una experiencia placentera y otras, en cambio, a las que tratamos de evitar porque, aun antes de comenzar el diálogo, suponemos que vamos a vivir una mala experiencia.

Simplificando mucho podríamos afirmar que los malos conversadores son aquellos que nos proporcionan una experiencia desagradable o aburrida.
Dado que las relaciones sociales son cruciales para el progreso y el bienestar de los seres humanos y que la conversación es la piedra angular de esas relaciones, trataremos en esta ocasión de dilucidar qué hace que una conversación sea divertida, cuáles son los errores que convendría evitar y qué normas habría que seguir para aspirar a ser buenos conversadores.
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Yack:

Antes de entrar en las técnicas que podrían ayudarnos a ser mejores conversadores, conviene mencionar cuatro hechos probados, cuyo conocimiento nos ayudará a progresar hacia el objetivo que nos hemos fijado:

1.     La conducta humana, como la del resto de especies, tiene como finalidad principal la de resultar útil al individuo que la pone en práctica y a la especie a la que pertenece. Ejemplo de ello serían la conducta alimentaria para el beneficio del individuo y la reproductiva para los intereses de la especie.

2.    Al pertenecer nuestra especie al orden de los primates, somos, como el resto de nuestros parientes más cercanos, animales sociales, lo que significa que necesitamos relacionarnos con nuestros semejantes íntima y frecuentemente. Como ejemplo, citaremos el hecho de que la soledad y el aislamiento nos causan sufrimiento y que unas buenas relaciones sociales son una de las claves fundamentales de la felicidad.

3.     Somos la especie más inteligente, con diferencia, que habita este planeta, lo que nos proporciona habilidades y capacidades superiores que nos elevan por encima del resto de las otras especies animales.

4.     Poseemos, gracias al lenguaje hablado, la capacidad de intercambiar y compartir la información que contienen nuestros cerebros. El lenguaje hablado, que sólo se ha desarrollado en nuestra especie, constituye un avanzado sistema de comunicación a la altura de nuestro poderoso intelecto. Gracias a la capacidad de dialogar, hemos podido reunir la ingente cantidad de conocimientos que conforman la cultura humana, clave de nuestro éxito evolutivo.

Y comenzaremos nuestro análisis afirmando que las sociedades humanas se comportan como supermentes virtuales, constituidas por cientos, miles o millones de cerebros humanos interconectados entre sí.

Pero si las neuronas de nuestro cerebro se comunican entre sí mediante sinapsis, los cerebros humanos se conectan entre sí con la ayuda de sinapsis virtuales que denominamos "diálogos", siguiendo un protocolo de comunicación que llamamos "lenguaje".

Y gracias a nuestra capacidad para generar, almacenar y compartir información, la especie humana ostenta la supremacía absoluta sobre los millones de especies que pueblan el planeta Tierra.

Pero la combinación de una mente excepcionalmente inteligente y un lenguaje sofisticado no es condición suficiente para explicar la supremacía de la especie. Es necesario añadir un punto importante que suele darse por supuesto y que aquí nos interesa poner en valor.

En efecto, para que funcione este modelo de organización, basado en la formación de supermentes virtuales, se requiere que el intercambio de información entre los individuos de la comunidad sea continuado y eficiente. Y para conseguir este doble objetivo, la Selección Natural (SN) ha establecido un mecanismo automático de recompensa (nos sentimos satisfechos cuando establecemos un diálogo eficiente) y de castigo (sufrimos cuando quedamos aislados o no conseguimos establecer comunicaciones relevantes con nuestros semejantes).

En relación con la necesidad emocional de establecer conexiones eficaces no vale, por ejemplo, que un niño se conecte (hable) con un físico nuclear sobre la estructura atómica de la materia porque, en tal caso, ni los interlocutores ni la comunidad sacarían provecho alguno de ese diálogo. Es necesario, por tanto, que las conexiones (los diálogos) se establezcan selectivamente, buscando siempre la máxima eficacia: un niño con otro niño de su edad o un físico nuclear con otro físico nuclear o con un empresario que disponga de recursos para poner en marcha su costoso proyecto tecnológico.

En la misma línea de razonamiento, sería previsible que un científico que acaba de descubrir un nuevo fármaco revolucionario, no dispusiera de mucho tiempo para charlar con sus amigos y familiares sobre asuntos cotidianos porque sus compromisos profesionales se lo impedirían.

La interpretación correcta de lo que está ocurriendo en este supuesto es que en el interior del cerebro del científico se ha generado una información extraordinariamente valiosa para sus colegas y para la humanidad en su conjunto. A resultas de esta situación excepcional, un enjambre de mentes ávidas de adquirir esa información, relevante para ellas, competirán por conexionarse con el descubridor, y le dejarán poco tiempo libre para establecer conexiones triviales. 

También se dará el caso de que el científico de nuestro ejemplo, sentirá un fuerte impulso interior a priorizar los diálogos con sus colegas, en relación con los de ámbito privado y familiar, siguiendo el patrón natural e innato de optimización de la comunicación entre individuos del grupo. Incluso dentro del enjambre de colegas que pugnan por hablar con él, elegirá a aquellos que él considera más relevantes, con más prestigio social, más receptivos, más capacitados, más cercanos a sus tesis, etc. 

Y esto nos lleva a afirmar que en la mente de cada ser humano existe una facultad que le permite elegir entre todas las opciones disponibles de comunicación, aquella que es más relevante, evaluando automáticamente los distintos aspectos del problema. El veredicto final es percibido por el propio sujeto como "deseo" de establecer un diálogo con un determinado interlocutor, antes que con otro.

Como se verá, existen normas y protocolos complejos que regulan las conexiones entre los seres humanos, que determinan el momento, la duración, el estatus social de los interlocutores, la dirección en la que fluye la información, la edad, los conocimientos y otras muchas circunstancias de menor importancia.

Desde el punto de vista que aquí nos interesa, podríamos resumir este complejo protocolo de comunicación humana afirmando que un buen conversador es aquel que está en condiciones de establecer conexiones útiles, o al menos placenteras, con sus potenciales interlocutores. Y avanzando un poco más, añadiremos que una conexión relevante es aquella que interesa a ambos interlocutores.

Por ejemplo, un interlocutor que nos ofrece algún servicio útil o deseable sería un buen conversador, al menos durante el tiempo que estuviese proporcionándonos información relevante sobre el asunto que nos interesa. 

Consideremos, a título de ejemplo, el diálogo que se establece entre el presidente de un club de fútbol importante y una estrella del balompié que está buscando un contrato millonario.

Consideremos ahora otro dato importante: la Naturaleza recompensa todos los actos que contribuyen al beneficio del individuo o de la especie. Y esto nos induce a suponer que mantener una conversación relevante debe, necesariamente, tener asociada una recompensa que nos estimule a mantenerla y a repetirla siempre que nos resulte posible.

Entonces, si esto es cierto, y sin duda lo es, podemos asegurar que las conversaciones relevantes son, por lo general, divertidas y gratificantes para los participantes. Y una vez establecida esta correspondencia, podemos emplear el criterio de relevancia para identificar las claves que hacen que las conversaciones sean divertidas, que era nuestro objetivo inicial: aprender a mejorar nuestras habilidades en la comunicación oral interpersonal.

Repasemos ahora nuestra propia memoria para localizar las ocasiones en las que hemos tenido conversaciones divertidas. A continuación, apliquemos las conclusiones que hemos obtenido sobre la relevancia comunicativa y, por último, confeccionemos una relación con todas las normas y prevenciones que deberíamos tener en cuenta para ser buenos conversadores.

Supuesto que ya hemos realizado esta labor de introspección e identificación de patrones, ha llegado el momento de exponer los resultados para que el lector los coteje con sus propias experiencias y extraiga las conclusiones a que hubiera lugar.

El objetivo final de este esfuerzo de reflexión es el de ayudarnos a modificar nuestra conducta en la dirección de hacernos mejores conversadores. Y la finalidad última de hacernos mejores conversadores es la de ampliar nuestras oportunidades para establecer relaciones sociales exitosas y productivas, que por tanto sean -y esto es lo realmente importante- gratificantes, es decir, que nos ayuden a ser más felices.

Y sin más preámbulos, pasemos a analizar algunas de las conclusiones a las que hemos llegado:

1 ¡Deja hablar a tu interlocutor!

Lo mejor que podemos hacer mientras nuestro interlocutor habla con fluidez y entusiasmo es mantener la boca cerrada en tanto no dé muestras de agotamiento o solicite explícitamente nuestra intervención.

Conviene, además, potenciar nuestro silencio con ligeros asentimientos de cabeza, sonrisas, expresiones de espanto, sorpresa o aprobación, acompañados de comentarios rápidos del tipo "de veras", "¡No me lo puedo creer!", "¿Es posible?", "¿Y tú qué hiciste?", en consonancia con los contenidos del relato. 

Esta conducta, poco costosa para nosotros, incrementa la diversión de nuestro interlocutor al comprobar este que permanecemos callados (nos hemos quedado mudos de asombro), atentos a su relato y que la información que fluye desde su mente penetra en la nuestra y surte los efectos deseados (asombrar, sorprender, emocionar, divertir, etc.).

Visto desde el punto de vista antropológico, cabría decir que ese feed back positivo que le estamos proporcionando, confirma en nuestro interlocutor la creencia de que ha establecido una conexión relevante con otra neurona (nosotros) del gran cerebro colectivo al que pertenece. Sobra añadir que esta constatación intelectual, provoca en nuestro interlocutor una descarga automática de endorfinas que inducen una sensación placentera a corto plazo y una elevación de su autoestima a medio y largo plazo.

No debemos olvidar que nuestro interlocutor disfrutará de la conversación, solo cuando se den una de estas condiciones:
  • Que esté recibiendo datos muy valiosos para sus intereses individuales. Por ejemplo, información relevante sobre la persona con la que anhela establecer una relación amorosa.
     
  • Que esté proporcionando a su interlocutor información relevante para los intereses de este. Por ejemplo, que le esté sugiriendo cómo causar buena impresión en la importante entrevista de trabajo a la que se enfrentará al día siguiente. Nótese que hemos asumido, por ser el caso más frecuente, que el interlocutor es persona amiga, porque de ser un enemigo, el placer estaría en proporcionarle información que le causara sufrimiento.

Conviene ahora hacer notar que, en general, y dado que rara vez encontramos a un interlocutor con información realmente interesante para nosotros, lo que suele ocurrir es que se establece una pugna instintiva por tomar el uso de la palabra y conservarlo tanto tiempo como sea posible. De ahí que en las tertulias se requiera la presencia de un moderador que impida que todos hablen a la vez en un afán desmedido de emitir información antes que recibirla.

En realidad, el afán de hablar, aun a pesar de no tener nada interesante que decir, responde al deseo, que todos compartimos, por mostrar nuestras capacidades y habilidades ante los demás, con la finalidad implícita de proporcionarles motivos para que nos respeten, nos estimen y nos tengan en cuenta.

La posibilidad de sorprender o interesar a otras personas con la información que poseemos, es gratificante en sí misma, y además nos ofrece la oportunidad de elevar nuestro estatus social si conseguimos, por medio de nuestra habilidad dialéctica, erigirnos ante los receptores en una valiosa fuente de información de calidad. Es el mismo principio que explica el hecho de que los medios de información (periódicos, radios, cadenas de televisión, páginas Web, blog, etc.) dediquen sus mejores esfuerzos a reclutar usuarios a toda costa, dado que su propia autoestima dependerá del número y categoría de sus receptores.

Volviendo al tema inicial, cabe añadir que el único inconveniente de mantenernos callados y atentos al discurso de nuestro interlocutor sobre temas que no nos interesan, es que para ello debemos adoptar el papel de mártir (sufrir en aras del bien ajeno) y eso no suele ser agradable porque la pasividad comunicativa es penalizada por la propia Naturaleza, siguiendo el mismo criterio que aplica a la recompensa: la conveniencia de que nos comuniquemos eficientemente.

De ahí que lo que suele hacer un mal conversador ante un interlocutor cuyo discurso no le interesa, es interrumpirlo continuamente por todos los medios posibles para tomar la palabra e imponer al otro su propio discurso. Con mucha probabilidad tampoco su discurso interesará a su interlocutor, pues en otro caso, este se habría callado espontáneamente, seducido por una alocución interesante.

En definitiva, las malas conversaciones entre malos interlocutores suelen reducirse a luchas por el control de la palabra durante lapsos de tiempo tan prolongados como sea posible. Este tipo de conversaciones se basan en el pacto tácito de que ambos intervinientes están dispuestos a soportar el sufrimiento de escuchar un discurso aburrido a cambio del placer de emitir su propio discurso, igualmente de aburrido, para su sufrido interlocutor.

Pero de lo que se trata aquí es de mejorar nuestro estatus de conversador y no de caer en la repetición de los estereotipos ineficientes de dialogo que manejan el común de los malos conversadores. Vamos a ello.

Para convertirnos en buenos conversadores, deberíamos alcanzar el doble objetivo de mantener un silencio activo mientras habla nuestro interlocutor, y ser capaces de generar una alocución brillante que tenga la facultad de interesar al receptor por encima de su deseo de recuperar la palabra. Es decir, focalizar nuestros esfuerzos en conservar el uso de la palabra en virtud de un discurso que resulte interesante a nuestro interlocutor en lugar de recurrir al socorrido ardid de emitir una alocución rápida y atropellada, sin pausas ni fisuras por las que pueda "colarse" el indeseado discurso de nuestro oponente dialéctico.

Así, en lugar de luchar por conseguir la palabra por la fuerza bruta o por cansancio, habríamos de trabajar para el fin de subyugar a nuestro interlocutor mediante la elección de un tema que le interese, ejecutado con maestría y destreza. Es en ese noble objetivo en el que debemos invertir nuestra energía.

En el protocolo básico que regula las intercomunicaciones en el interior de la mente colectiva, la comunicación tiende a fluir desde el cerebro más eficiente al menos eficiente, del que posee la información de mayor calidad, al de menor calidad, del que cuenta con mejores dotes dialécticas y fluidez verbal al que menos. Y si queremos tomar la palabra, hagámoslo preparando algo que impresione y subyugue a nuestro interlocutor, si es que aspiramos a ser buenos interlocutores en lugar de interlocutores-plomo que basan su estrategia en no dejar hablar a nadie y además mantienen un interminable y aburrido discurso que no concede al otro la oportunidad de intervenir.

Podríamos decir, por tanto, que el peor interlocutor posible es el que rara vez emite contenidos interesantes y además no deja hablar a nadie con su cháchara interminable sin resquicios.

En resumen: Manténgase callado mientras su interlocutor habla con énfasis y fluidez. Si el discurso no le interesa, aproveche el tiempo para pensar en qué va a decir que pueda interesar a su interlocutor cuando usted tome la palabra. Hable cuando se produzca una pausa y termine su conversación cuando se le agote el tema o cuando advierta que su interlocutor desea hablar.
Evite a toda costa una costumbre muy generaliza típica de los malos conversadores, que consiste en interrumpir continuamente a su interlocutor, no dejarlo terminar las frases ni las ideas, y peor aún, cambiar abruptamente de tema e incurrir en cuestiones personales de autobombo o en asuntos que sólo le interesan a él mismo.

Ejemplo: 
A: Acabo de recoger mi coche nuevo en el concesionario. Es una maravilla, figúrate que tiene...
B: Pues mi cuñado se compró el mes pasado un Mercedes impresionante. Mañana precisamente vamos a probarlo en un viaje a La Coruña. Por cierto, aprovecharemos para tomarnos unos chopitos en el restaurante que tiene mi amigo Benancio, en el barrio viejo, a tres calles de la Plaza Mayor.....BLA, BLA, BLA.

Una última observación:
Si su interlocutor le interrumpe abruptamente sin que usted pueda preverlo, continúe hablando sin darse por aludido hasta terminar la frase o la idea, si cree que puede resolverla en menos de diez segundos. Es importante hacerse respetar y hacer llegar a nuestro interlocutor la idea de que aunque somos generosos en concederle el uso de la palabra, no nos gusta que nos la arrebaten arbitrariamente y sin previo aviso. Debemos enseñar a nuestros interlocutores, con nuestra conducta generosa, y al mismo tiempo enérgica, coherente y sistemática, el tipo de conversación que queremos tener. En la medida en que este no se atenga a ese modelo, hagámoselo saber mediante una actitud de indiferencia y silencio pertinaz, pero cuando, por el contrario, sea respetuoso con nuestro uso de la palabra, premiémosle con un feed back positivo, mientras él tiene el uso de la palabra.

2 No hable de sí mismo

No olvidemos algo muy importante: el tema favorito de los malos conversadores es hablar de sí mismos, de su vida feliz y plena, de su familia, de sus amigos, de su perro, de sus viajes, de sus gustos y así hasta el infinito. Y lo que puede ser aún peor, de sus penas, desgracias y frustraciones, repitiéndolas hasta la exasperación.

Lo que parecen ignoran este tipo de malos conversadores es que a nadie le interesa sus vidas, ni sus gustos ni sus aventuras y desventuras. Es más, cualquier relato de un éxito, ya sea real, exagerado o inventado, causa incomodidad en el interlocutor porque los seres humanos somos envidiosos por naturaleza. Y puesto que nos incomoda el bien ajeno (aunque lo disimulemos), un buen conversador debería renunciar al placer mezquino que obtiene al imaginar el sufrimiento que provoca en su interlocutor el relato de sus éxitos personales. Nuestros éxitos, aventuras o desventuras personales, la mayor parte de las veces son extremadamente aburridas para los demás, por lo que hay que evitarlas como norma, a menos que haya un buen motivo, y rara vez lo hay.

En cualquier caso, y si no podemos resistir la tentación malsana de contarlas, debemos hacerlo empleando poco tiempo y sin florituras, dejando que sea nuestro interlocutor el que decida si necesita, o no, más información. 

Solo procedería ampliar la noticia si detectásemos una inequívoca "avidez" en nuestro interlocutor por conocer más detalles, sin olvidar que a menudo su interés solo será una manifestación de cortesía y deseos de agradar, es decir, simulada.

También debemos considerar que, en no pocas ocasiones, su curiosidad será malsana y estará orientada a extraer información sensible que luego pueda utilizar, si se presenta la ocasión, para desacreditarnos o menoscabar nuestra imagen ante terceros.

Este afán desmedido de alardear que tanto afea al ser humano, suele ser fuente de nuestras peores y más perjudiciales indiscreciones.
Por ejemplo:

A: Por cierto, al fin me publicaron el libro del que te hablé. Ya te regalaré un ejemplar cuando me lo manden de la editorial.
(¡) No todos los días se publica un libro, y a todos nos gusta tener un amigo al que le publican libros, para presumir de ello, por lo que el planteamiento de A puede considerarse aceptable, sobre todo en la forma escueta en que lo plantea.

B: ¿De verás? Enhorabuena. Me alegro mucho de tu éxito.
A: Tampoco es para tanto. Todos los días se publican miles de libros, pero muy pocos llegan a ser conocidos. Esto de publicar es una lotería. Por ahora sólo tengo una papeleta, pero no cuento con que me toque...
(¡) Visto el escaso interés de nuestro interlocutor por los detalles, ponemos nuestro éxito en perspectiva para neutralizar el ataque de envidia que ha sufrido y cambiamos de tema.

A: Y hablando de otra cosa, ¿en qué quedó el asunto aquel que te tenía tan preocupado?
(¡) Le ofrecemos el uso de la palabra y dejamos que se explaye con sus pequeñas vivencias.

Pero ¿qué hacer cuando nos enfrentamos a un interlocutor que habla de sí mismo sin respiro, que nos cuenta un centenar de veces la misma historia, los mismos detalles de su anodina biografía?

No hace falta decir que lo mejor es evitarlo, si es posible. La norma general a seguir con los malos interlocutores es eludirlos, pero no siempre es posible aplicar esta solución y a veces nos vemos forzados a hablar con ellos por diversas razones (sería el típico caso del cuñado pelmazo).

La técnica paliativa que mejor resultados da en estas situaciones es mantenerse en silencio a menos que se nos reclame nuestra opinión, mostrar poco o ningún entusiasmo por lo que se diga, no hacer preguntas ni comentarios. Con nuestra conducta pasiva le estamos enviando el mensaje de que sus palabras no encuentran eco ni asentamiento en nuestra mente, o dicho de otro modo, que está hablando con una pared. Y si como ya se dijo, las conversaciones más divertidas son aquellas que consiguen trasladar información relevante a nuestro interlocutor (que inspiren emociones y curiosidad en él), con nuestra actitud pasiva estamos desincentivando su afán comunicativo, y con suerte, conseguiremos desembarazarnos de su incomoda conversación.

Si no vislumbramos una ocasión próxima para deshacernos de su plúmbea compañía, podríamos buscar mentalmente algún tema que pueda resultar interesante tanto a él como a nosotros mismos, para introducirlo cuando se produzca la primera oportunidad. Por ejemplo, sacar a la palestra alguna noticia sorprendente de índole política, económica o social, algún recuerdo de experiencias vividas juntos, o cualquier tema genérico del que todos tenemos una opinión formada sobre la que poder dialogar. Nuestra estrategia debe consistir en mantenerlo alejado de su tema favorito: él mismo.

En resumen, se trataría, de hacerle llegar subliminalmente, a través de nuestra actitud pasiva o activa, gratificante o punitiva, qué temas debería escoger y en qué forma debería conducirse cuando dialoga con nosotros, al margen de cómo lo haga con los demás.


3 Elegir un tema adecuado

Por lo general, los temas de una conversación surgen al azar, pero si se prevé que la conversación se va a prolongar, conviene desviarla hacia un tema que resulte divertido para nuestro interlocutor y, en la medida de lo posible, también para nosotros.

En todos los casos debemos evitar incurrir en el típico error de elegir un tema que sólo nos interese a nosotros. Si no conocemos a nuestro interlocutor, deberíamos explorar diferentes propuestas hasta descubrir qué puede interesarle.

También es buena idea dejar que él tome la iniciativa, lo que nos permitirá adivinar cuáles son sus áreas de interés. Manteniendo al principio una conversación variada y poco profunda que permita saltar de una cuestión a otra, será más fácil encontrar un tema en el que se pueda profundizar más.

Hay que tener en cuenta que, por lo general, las conversaciones más divertidas tienen lugar en torno a un tema interesante para ambos interlocutores, en el que se profundiza más allá de lo habitual, lo que produce un fuerte vínculo emocional y el deseo de repetir la experiencia. Sería un efecto parecido al de las fuertes emociones que embargan a dos exploradores que se adentran en un paraje inexplorado y descubren, juntos, secretos que sólo ellos conocen y comparten, frente al común de los mortales.

Ejemplo:
A: Vaya, que poca gente hay por las calles.
(Una forma poco comprometida de iniciar el dialogo)

B: Si. Debe ser las vacaciones. Todo el mundo se va a la playa.
(Aquí aparecen dos posibles temas: el trabajo y las vacaciones.)

A: Qué envidia ¿no? (A no se decide y pone una nota emocional, a ver por dónde tira B).

B: Dímelo a mí. Yo debería estar ahora en San Sebastian pero mi jefe me tiene secuestrado hasta Agosto.

(Aquí se podría optar por hablar de S. Sebastian y de las vacaciones que B pasa allí o del trabajo, que podría derivar en una queja insufrible o en una oportunidad para que B alardeara de lo importante que es para la empresa donde trabaja. También A puede pasar de puntilla por esas dos opciones y explorar otros temas más refrescantes, según sea el deseo de A en conocer la vida de B o de hacerle pasar un buen rato.

A: Así que veraneas en San Sebastian. ¿Qué tal es aquello?

A ha decidido dejar que B se explaye con historias sobre sus experiencias en S. Sebastian, lo que con seguridad proporcionará a B la doble satisfacción de presumir de disfrutar de una vida plena y feliz  y de revivir los mejores momentos de vacaciones anuales ante un receptor virgen, con su capacidad de asombro intacta. Seguramente repetirles las mismas anécdotas a sus conocidos y familiares ya no resulta gratificante porque ha dejado de ser una conexión relevante, al tratarse de una historia ya conocida por los receptores.

A: Muy cierto, es lo que tiene el trabajo. Cuando acumulas mucha responsabilidad, a veces tienes que renunciar a tu vida personal en favor de la empresa.
(A elige indagar sobre el tipo de trabajo de B y el estatus que posee en este ámbito. También aprenderá algo sobre su conducta moral, sus sueños, sus frustraciones, etc. Algo que puede ser útil si por alguna razón le interesa conocer mejor a B, o muy aburrido e incomodo en caso contrario.

A: Pues lo que acabas de decir me recuerda un artículo que leí ayer sobre lo difícil que es decidir en el día a día. Según decía el articulista, la vida en la ciudad estresa mucho por la cantidad de decisiones que tenemos que tomar continuamente, con el inconveniente adicional de no saber nunca cuál es la mejor opción.
(Aquí A ha optado por una conversación filosófica que puede dar más juego si discurre en la dirección correcta, es decir, si B no se lanza a contar una anécdota personal que ilustre su propuesta filosófica. Es el riesgo que se corre con los malos conversadores del tipo yoista).

Conviene recalcar aquí, que el máximo disfrute en la conversación se produce cuando se toma consciencia de que el interlocutor entiende y valora positivamente lo que decimos, lo que implica que haya demostrado previamente ser un experto en el tema a través de sus propias intervenciones. Por eso resulta tan conveniente elegir un tema que los dos dominen. De esta manera ambos pueden hablar en la seguridad de ser comprendidos y valorados por un interlocutor entendido. Una vez más, el objetivo es establecer una conexión relevante.

Las mejores amistades se dan entre personas entendidas y apasionadas por un mismo tema, y de ahí que existan tantos clubes y foros en los que se fraguan rápidas y productivas amistades. En tales casos, uno mismo percibe que ha encontrado una oportunidad de hablar de un tema que resulta aburrido a la mayoría de los semejantes, y en el que hemos invertido mucho tiempo y esfuerzo. ¡Por fin alguien puede apreciar nuestra superioridad y valorarla en lo que vale!

Es importante recordar que un buen tema de conversación no es el que a nosotros nos apasiona, sino aquel que interese a, y sea conocido por, las dos partes, a fin de que exista un intercambio de opiniones fluido y coherente entre ambos extremos de la comunicación.

La conversación perfecta es aquella en la que podemos verificar que nuestras opiniones suscitan en nuestro interlocutor ideas y propuestas acordes con las nuestras, que demuestran que ha entendido hasta en sus últimas sutilezas, nuestros argumentos.

Para facilitar este clima mágico, conviene exponer opiniones o anécdotas que puedan expresarse en no más de 2 minutos, preferiblemente en torno a los 30 segundos, con el fin de dar la posibilidad a nuestro interlocutor de que tome la palabra con frecuencia.

Es decir, yo expongo una opinión o una anécdota de no más de dos minutos, me callo y mi interlocutor pregunta o cuenta otra al hilo de lo que le he contado, etc. Dicho de otro modo, habría que buscar un formato en el que se produzcan intervenciones alternadas por tiempos similares y, salvo casos excepcionales, de duración menor de dos minutos. Sin olvidar el precepto de no hablar de uno mismo ni de contar historias personales que por su propia naturaleza favorecen el monopolio de la palabra, ya que nuestro interlocutor no puede opinar de cuestiones que sólo nosotros conocemos. Es esta una vil estrategia de los malos conversadores-plomo para acaparar el uso de la palabra.

4 No llevar la discusión al terreno personal

Una de las razones principales del fracaso de la conversación, en su aspiración a convertirse en una experiencia agradable y productiva, es la tendencia generalizada a derivar las disputas hacia el terreno personal.

La causa que origina el deslizamiento desde el dialogo civilizado hacia la disputa personal se suele ignorar y de ahí la frecuencia con que se incurre en este error. La manera más eficaz de evitar esta deriva es, sin duda, conocer las causas, y es justo por esa importante cuestión, por la que vamos a comenzar.

El proceso al que nos referimos, y que hemos de tratar de evitar a toda costa, se atiene a este patrón general:

Se inicia una conversación sobre cualquier tema y al poco tiempo se llega a un punto de discrepancia.
En lugar de mantener el dialogo en el ámbito del intercambio de argumentos racionales, se pasa, sin ser consciente de ello, al terreno de la descalificación personal, cuando no al de la ofensa y el insulto, maquillado o no con palabras biensonantes. Lo que ha ocurrido en tales casos es que ante la falta de argumentos sólidos con los que defender el propio posicionamiento, se ha trasladado la disputa desde el terreno ideológico al ámbito personal. Y eso por dos motivos:
  • Sabemos mucho más de nuestro interlocutor que del tema objeto de debate y por eso suponemos que ahí la batalla se inclinará a nuestro favor. Es decir, trasladamos la batalla a terreno conocido.
     
  • Al tropezar con argumentos contrarios a nuestras creencias y afirmaciones, se dispara en nosotros las emociones propias de una agresión territorial y reaccionamos instintivamente agrediendo a nuestro oponente con el propósito de hacerle retroceder. Y nada más indicado para hacerle daño que los ataques directos a su persona, al núcleo mismo de su sensibilidad individual.

Por regla general, nuestro interlocutor al verse agredido en la personal contraataca en parecidos términos y antes de que nos demos cuenta, nos hallaremos sumergidos en medio de una disputa agria y personal que solo puede acabar mal o muy mal.

Añadiremos que, habitualmente, el que inicia esta deriva es quien tiene mayores posibilidades de ganar la batalla en el terreno de la confrontación personal. Esta circunstancia puede deberse a que el transgresor posee un mayor conocimiento, experiencia o habilidad en el ataque personal. Pero también puede explicarse por un mejor conocimiento de la víctima, por contar con un ascendente sobre ella o simplemente porque interiormente se sabe inferior en el tema que se está debatiendo. Y en cualquiera de estos supuestos, prefiere trasladar el escenario de la confrontación al del enfrentamiento personal, en el que se siente más seguro y con mayores opciones de éxito.

Ejemplo:
A: -¿Qué te ha parecido la película?

B: -Aburrida. Creo que ese director debería dedicarse a otra cosa.

A: -Ya... Basta con que me guste a mí para que le tomes manía.
(A ya ha entrado en el terreno de la confrontación personal. Podría haberle dicho, por ejemplo: Pues a mí me ha gustado. ¿Qué es exactamente lo que no te gusta de su trabajo?).

B: Sólo he contestado a lo que me has preguntado. Si quieres que te dé la razón, dímelo de antemano. A mí no me gusta discutir, pero a ti te encanta.
(B ha entrado al trapo. Ha aceptado (sin darse cuenta de que está siendo manipulado) que la conversación ha derivado al terreno de la descalificación personal y ahora ambos están enfrascados en una disputa que puede acabar muy mal.)
Una respuesta inteligente de A podría haber sido: Tienes razón en una cosa, y es en que le tengo manía. No me gusta la manera en que alarga cada escena hasta el aburrimiento, ni su afán de llevar los sentimientos hasta lo patético. Pero ese es solo mi punto de vista sincero. Es eso lo que querías ¿no?

Una vez que se entra en el terreno personal, la conversación se torna tormentosa y los reproches se suceden en incontrolable escalada, lo que suele acabar en un enfado que enturbia las relaciones de la pareja y que, repetido durante mucho tiempo, puede incluso acabar con la relación.

Para evitar esta deriva, causa de innumerables conflictos y rupturas, hay que mantener una vigilancia permanente para detectar cualquier intento de incursión en el terreno personal por parte de nuestro interlocutor. Solo así podremos inhibir a tiempo nuestra propia reacción instintiva de responder en el mismo nivel personal desde el que hemos sido agredidos.

Si deseamos poner en práctica esta estrategia, debemos asegurarnos de que ante la primera provocación, nuestra respuesta sea tranquila y bien meditada. Ignorar la reseña a lo personal y dar argumentos objetivos sobre nuestra última opinión, ignorando el ataque personal del que hemos sido victima. Si nuestro interlocutor persiste en la misma línea de descalificación personal, lo más indicado es hacer un largo silencio y si nos interrogará sobre la razón de nuestro repentino silencio, habría que darle una respuesta educada pero seca, sin apartarse de  esta línea:

- Creo que estás llevando la conversación al terreno personal y yo sólo quería hablar de cine.
Si quieres hablar de cine, estoy a tu disposición, pero si vas a continuar hablando sobre mí, prefiero no continuar con esta conversación.

En resumen, la fórmula es fácil de aplicar: no responder a ninguna de las provocaciones de índole personal, y si insiste en la misma línea, permanecer en silencio hasta que cambie de tema o de actitud. Si su avieso interlocutor le exige una explicación sobre su silencio, repita siempre este argumento, sin salirse ni un ápice de él, sin poner ejemplos, sin caer en cuestiones morales o personales. Repita variantes de esta idea:

Estás llevando la conversación al terreno personal y no estoy interesado en esta conversación.
Con el tiempo, y si mantenemos esta actitud, nuestro interlocutor evitará incurrir en esta nefasta práctica, en la medida en que llegue a la conclusión, por propia experiencia, de que la conversación se interrumpirá abruptamente tan pronto la derive hacia el terreno personal.

Como medida extrema ante el acoso continuado, y siempre que sea posible, aléjese de su  interlocutor sin dar explicaciones y no regrese antes de 2 horas. Esta acción le dará ocasión para reflexionar, calmarse y darse cuenta de que su actitud le ha hecho daño a usted, y lo que es más importante, que también tendrá consecuencias para él mismo.

5 Reproches, flash back y quejas

Una buena conversación, es decir, cualquier conversación que se plantee con el propósito de disfrutar de una experiencia agradable, debe excluir reproches, quejas y flash back.

Por reproches nos referimos a comentarios sobre algún aspecto negativo o criticable de la personalidad o de la actuación presente o pasada del interlocutor. Ejemplo:

A: No sé por qué tienes que aparcar siempre tan cerca de la acera. Vas a reventar los neumáticos.
(Por principio, hay que suponer que B no desea reventar los neumáticos y por lo tanto el reproche o la advertencia es innecesaria. Como máximo puede decirse una única vez en la vida, dado que no es una cuestión capital para nadie.

Los flash back son reproches sobre hechos pasados y que, por tanto, no tienen posible arreglo. El problema de los flash back es que pueden reeditarse sin límite, por lo que representan una munición inagotable para alimentar las ametralladoras de las disputas.

A: Qué lástima que no fuésemos de viaje el pasado fin de semana. Mi amigo Antonio me comentó que hizo un tiempo fantástico en la playa donde teníamos pensado ir.

B: Pues si no fuimos fue por culpa tuya. Ya te dije que no había que hacerle caso a los pronósticos meteorológicos que dan por la tele.
Aquí B reprocha a A una decisión pasada, que además resultó razonable en el momento de tomarse. Hay que tener siempre en cuenta que las predicciones pueden fallar tanto en un sentido como en el contrario. B podría responder con otro ejemplo similar imputable a A e iniciar una disputa interminable.

Para evitar la aparición de flash back es necesario hacerse el firme propósito de no criticar nunca sucesos del pasado y si lo hace el interlocutor, debe negarse a entrar en el juego, es decir, enrocarse en el silencio. Si el otro insiste, sólo debe insistirse en la idea de que discutir sobre algo que ocurrió en el pasado sólo sirve para fastidiar el presente y el futuro. O lo que es lo mismo: no voy a entrar en ese juego.

Las quejas se pueden definir como comentarios negativos, a veces lastimeros, a veces amenazadores, sobre algún aspecto de la realidad que consideramos injusto y que desearíamos cambiar. En todos los casos debemos tener presente que el concepto de "injusto" es subjetivo y de ahí que cualquier intento de convencer a nuestro interlocutor de su error o de nuestro punto de vista sólo sirve para iniciar una agria disputa.

Existen quejas sobre aspectos externos ("Vaya tiempo más malo que hace" o "De este atasco no salimos hoy"), sobre cuestiones presentes personales ("Ya estás otra vez diciendo tonterías" o bien "Pareces una coliflor con ese vestido" ), sobre cuestiones pasadas ("No sabes comportarte en sociedad" o bien "Eres un peligro conduciendo") y también sobre uno mismo ("No sirvo para nada" o bien "Con mi formación no voy a encontrar trabajo nunca").

En general, las quejas, de cualquier tipo, crean un ambiente lúgubre o depresivo ("Me parece que nadie nos libra del desastre" o "Estoy seguro de que me van a echar de la empresa"), irritante  ("No sé cuando aprenderás a ordenar tus cosas" o "A ver si puede ser que pongas los platos pequeños en el mismo montón").

Pero siempre, cualquiera que sea su naturaleza o intención, degradan el dialogo y la relación, por lo que hay que evitar incurrir en ellas y procurar no prestarle atención cuando vienen de nuestro interlocutor. Y podemos estar seguros de que con el tiempo, aprenderá a eliminarlas de su lenguaje, al comprobar que, una y otra vez, no tienen eco, ni más reacción que el silencio y la indiferencia, cuando no la huida física.

Únicamente son aceptables, aunque en pequeñas dosis y solo cuando están justificadas, aquellas quejas que se refieren  a elementos o situaciones externas y que constituyen elementos de acuerdo y mutuo refuerzo.  Por ejemplo:

A: Tengo ganas de que acaben las obras en la calle. No se puede ni oír la tele.
B: Dímelo a mí, ni siquiera puedo leer el periódico. Ojala sea cierto lo que me acaba de comentar Luis. Me aseguró que terminan el sábado.

Pero incluso en estos casos, al repetir el problema y hablar sobre él, se amplifica su efecto depresivo sobre los dos interlocutores. Como norma, no comenzar conversaciones que tengan como tema algún tipo de queja y si es el otro quien la inicia, sólo cabe ignorarla o sumarse a ella añadiendo un sesgo de esperanza o un punto de vista optimista que le quite hierro. 

Lo que nunca debe hacerse es criticar a nuestro interlocutor la acción de quejarse, porque eso constituiría en sí mismo un reproche particularmente irritante y peligroso para el mantenimiento de una buena comunicación.

En resumen, para frenar las quejas de nuestro interlocutor, la única estrategia es no darse por enterado y no entrar en el juego del enfrentamiento en ningún supuesto.

6 Diplomacia en la gestión de las discrepancias

Todos sabemos por propia experiencia que una conversación discurre por buen camino mientras no aparezcan discrepancias importantes. Por otra parte, aceptar como buena cualquier afirmación o creencia de nuestro interlocutor es una táctica difícil de aplicar y que, a largo plazo, puede volverse contra nosotros, haciéndonos quedar como vulgares corifeos, sin criterio propio ni personalidad. Un precio demasiado alto que ni siquiera nos concederá ese estatus por el que hemos sacrificado nuestra propia dignidad y autoestima.

Veamos algunas normas que pueden ayudarnos a manejar las discrepancias:

  • No emitir nunca expresiones que pongan de manifiesto la discrepancia. Con esto queremos decir que habría que suprimir del vocabulario expresiones como: "No estoy de acuerdo contigo", "No comparto tu opinión", "Pienso todo lo contrario", etc.

    Seamos conscientes de que una declaración inicial de desacuerdo no ayuda al dialogo ni aporta nada positivo a la argumentación. Podemos omitirla, y en su lugar desplegar la argumentación que corresponda, ganando con ello una actitud más receptiva y amistosa en nuestro interlocutor.

    Comenzar nuestra intervención, en el caso de no estar de acuerdo con lo que se acaba de escuchar, con expresiones neutras que denoten modestia y ausencia de agresividad. Por ejemplo:  "Mi opinión es que...", " Por lo que he tenido ocasión de ver, yo diría que...", "Hasta donde yo sé...", etc.
     
  • Actuar siempre desde la convicción profunda de que no es probable que consigamos convencer a nadie de nuestras tesis y que por lo tanto, cualquier esfuerzo en ese sentido será vano. Por esa razón debemos evitar a toda costa propiciar un clima de hostilidad dado que no nos jugamos nada importante.

    Recuerde siempre que un dialogo no debe tener como objetivo principal convencer a nuestro interlocutor de nuestras propias creencias, en especial cuando este se muestra reticente. El objetivo principal de una conversación debe ser el de tener una experiencia agradable, a través del establecimiento de una comunicación fluida de doble dirección con un miembro de nuestro grupo.

    Bien es cierto que el objetivo natural de toda conversación es convencer a nuestro interlocutor de nuestras tesis, porque eso responde al objetivo de la Naturaleza que consiste en enfrentar ideas diferentes para que se imponga la más eficaz. Sin embargo, no tenemos que ser esclavos de la Naturaleza.

    Al ser animales racionales podemos burlar los objetivos naturales en nuestro favor. El truco, en este caso, consiste en que cuando detectemos que nuestro interlocutor se muestra renuente, cambiemos el rumbo de nuestra actuación. Dado que el objetivo primario de convencer se ha vuelto inalcanzable, pasemos el plan B, es decir, divertirnos o al menos evitar una situación incómoda.

    Si, dejándonos llevar por nuestros instintos, persistiésemos en el plan A, aun a costa de comprometer nuestro bienestar, sólo conseguiríamos enfadarnos y deteriorar la relación con nuestro interlocutor, que podría proporcionarnos, más adelante, otros servicios y experiencias agradables.
     
  • Todos sabemos que las conversaciones más divertidas, con diferencia, son las que tratan sobre temas en los que hay acuerdo y coincidencia entre ambos interlocutores. Sólo hay una excepción a esta ley y es cuando conseguimos convencer a nuestro interlocutor, pero esta posibilidad es tan remota, que no merece la pena considerarla.

    Y si pese a todo, conseguimos que tenga lugar el prodigio, podemos dar por seguro que cuando volvamos a hablar sobre ese mismo tema, meses después, nuestro interlocutor habrá vuelto a su posición inicial.

    Una técnica muy potente para potenciar la experiencia positiva de nuestro interlocutor es aparentar un desacuerdo inicial y posteriormente ceder a sus argumentos proporcionándole con ello una sobredosis de endorfinas. Sin embargo no se debe abusar de esta técnica y reservarla para casos muy especiales, casi de vida o muerte.

    Y la razón es que nunca se debe repetir el mismo truco a la misma persona si queremos mantener la magia de su efecto. En otro caso se nos llegará a considerar como débiles mentales o bien se descubrirá nuestro ardid y perderemos el respeto de los demás porque se sentirán engañados y manipulados en lugar de sentirse inteligentes y grandes polemistas, por obra y gracia de nuestra maniobra oculta.

    Este sería el caso de dejarse ganar al ajedrez por nuestro oponente para proporcionarle una buena experiencia. Para que funcione, debemos ganarle de vez en cuando para que nos valore como buenos contrincantes y disfrute más sus victorias. Cuando descubra nuestro juego, perderá el interés de jugar con nosotros y nos considerará personas poco fiables.
     
  • Si manejamos bien el dialogo, podemos crear la impresión en nuestro interlocutor de que es inteligente, ocurrente y brillante. Y lo más importante es que nos asociará con esa sensación placentera y nos buscará como agua de mayo, pensando que somos seres deliciosos e inteligentísimos, cuando solo nos hemos convertido en espejos amables, como los que hay en los vestidores de las tiendas de ropa.

    Bien es cierto que la Naturaleza trata de condicionarnos para establecer diálogos relevantes para el bien de la comunidad. Y si entre dos mentes hay desacuerdo, es comprensible que se produzca una batalla para intentar establecer una verdad común, pero en la práctica, esto funciona pocas veces y de ahí que sea más conveniente renunciar a este objetivo en beneficio del más egoísta de pasar un buen rato y reformar los lazos de amistad, que también es una estrategia adaptativa.

    Al fin y al cabo, vivimos en un mundo donde son los científicos quienes se encargan de descubrir y establecer la verdad, por lo que nosotros, liberados de esta responsabilidad social, podemos y debemos concentrarnos en establecer buenas relaciones sociales. Si nuestro interlocutor se empeña en afirmar que la tierra es plana o que la homeopatía tiene valor curativo, hagamos un primer intento de sacarlo de su error, pero si comprobamos que no vamos a conseguirlo, es mejor optar por acabar con ese tema recurriendo a una solución de compromiso: Lo cierto es que yo no soy un entendido en este tema y no tengo una opinión fundamentada. Tal vez tengas razón dado que lo has estudiado en profundidad.
     
  • En el fragor de la discusión no hay que olvidar nunca que nuestro objetivo al conversar debe ser, prioritariamente, obtener una experiencia agradable, tanto para nosotros como para nuestro interlocutor. En la medida en que empiece a sentirse incomodo y malhumorado, se está saliendo de su objetivo.

    Un buen conversador nunca permite que su termómetro emocional sobrepase la temperatura de confort. Y para enfriar el ambiente, sólo tenemos que fijar nuestra atención en poner en marcha las maniobras y técnicas de apaciguamiento que ya se han descrito (cambiar sutilmente de tema, guardar silencio, expresar nuestro desconocimiento del tema). Lo que nunca debe hacerse es incurrir en reproches o criticas personales, por muy justificadas que estén, del tipo: "No tienes que ponerte así por tan poca cosa", "Ya has vuelto a perder los estribos", etc.

    En general, debemos aplicar frases de enfriamiento que no impliquen reconocimiento o sumisión hacia nuestro interlocutor, porque estaríamos enviándole el mensaje de que se puede salir con la suya perdiendo la compostura y eso sería a la larga contraproducente para él y para nosotros.

    Convendría emplear expresiones que no pongan en cuestión lo que él dice, pero sin por ello renunciar a nuestro posicionamiento ni al trato amistoso y respetuoso. Por ejemplo: "Si estás tan seguro, tal vez lleves razón, aunque yo no acabo de verlo así. Déjame un tiempo para que lo piense"o bien: "Bueno, creo que hemos mantenido una conversión en la que ambos hemos tenido ocasión de exponer con detalle nuestros respectivos puntos de vista sobre el tema. Me ha resultado muy útil conocer  todos esos argumentos que hasta ahora desconocía, y aunque sigo con mis convicciones, ha sido muy interesante oírte. Tenemos que repetir este debate cuando haya reflexionado un poco sobre todo esto.
     
  • No citar nunca lo que previamente ha dicho nuestro interlocutor, con la intención de poner en evidencia sus propias contradicciones. Esta es una de las tácticas que más irritan, tanto si la contradicción es real o si se trata de una interpretación sesgada por nuestra parte, voluntaria o involuntaria. Es una táctica peligrosa porque eleva la temperatura hasta el punto de que puede entrarse en un nuevo nivel de agresión.

    Debemos limitarnos a expresar argumentos autoevidentes, mientras seamos capaces de expresarlos con tranquilidad y sean recibidos por nuestro interlocutor sin irritación.

    En el caso de que sea nuestro interlocutor quien cite lo que nosotros hemos dicho, y lo haga sesgadamente, hay que evitar entrar en una discusión absurda sobre lo que hemos o no hemos dicho. Lo mejor en estos casos es ignorar la cita y si nuestro interlocutor insistiera en ello, limitarse a decir: " Si es eso lo que crees que he dicho, no he debido expresarme bien. Si quieres saber lo que pienso sobre este punto, no tengo inconveniente en decirlo".


7 No cuestionar las creencias

En el caso de que nuestro interlocutor manifestara creencias absurdas, religiosas, conspiratorias, etc. debemos ser muy prudentes en nuestras réplicas porque si hay algún tema inmanejable, ese es precisamente el de las creencias absurdas.

Nunca hay que intentar convencer a nuestro interlocutor de que sus ideas son estúpidas porque eso le ofenderá y hará aún más difícil que cambie sus ideas. Si existe alguna posibilidad, aunque sea minúscula, de cambiar las creencias de nuestro interlocutor, esta desaparecerá tan pronto provoquemos su enfado.

En el supuesto de que los intereses o el bienestar de una persona a la que apreciamos estuvieran en juego por razón de esa creencia estúpida, limitémonos a expresar con tranquilidad nuestras dudas razonadas, aportando opiniones de expertos y añadiendo ejemplos de lo que puede ocurrir si se confía y se aplican esas creencias. Sería recomendable, además, que nos ilustremos a fondo sobre el tema, en fuentes fiables, antes de abordar el desafío de hacerle entrar en razón.

Volviendo al caso más usual, es decir, aquel en el que esa creencia no va a tener repercusiones directas o indirectas sobre nosotros, conviene seguir estas normas:

Si nuestro interlocutor se muestra insensible a nuestros argumentos e insiste con vehemencia y convicción en los suyos, (completamente absurdos desde nuestro punto de vista), lo más práctico es dejarlo hablar y mantener un silencio educado hasta que se canse. Si nos pregunta sobre nuestra opinión, podemos salir del paso diciendo: "Lo cierto es que no tengo formada una opinión definitiva sobre este tema…", o  bien, "Es una cuestión muy complicada para poder opinar con fundamento. He leído artículos que apoyan lo que tú dices pero también he leído otros que expresan dudas fundamentadas. Por ahora no sé qué pensar aunque me resultado muy interesante conocer tu punto de vista".

En resumen, de lo que se trata es de convertir lo que podría derivar en una discusión acalorada y frustrante, en una experiencia agradable, al menos para nuestro interlocutor, y neutra para nosotros, lo que ya es todo un éxito.

En estos casos, siempre podemos adoptar la socarrona actitud de divertirnos oyendo los múltiples disparates que dice nuestro interlocutor, e incluso hacerle algunas preguntas para sondear la profundidad de sus errores conceptuales. Sería como convertirnos en un cirujano cargado de curiosidad que ante un enfermo desahuciado, se documenta en la naturaleza y extensión del mal para conocer el malfuncionamiento del cuerpo humano. Un conocimiento que nos resultará muy útil para relacionarnos con nuestros semejantes.

Es decir, en lugar de adoptar el papel de mártires ante el aluvión interminable de insensateces que surgen de la boca de nuestro contrincante, adoptaremos la actitud de un estudioso de la naturaleza humana y trataremos de divertimos desde ese rol, en tanto nuestro interlocutor se desfoga alegremente y se siente feliz al sentirse comprendido o al menos escuchado con respeto.

Tomemos el habito de considerar cualquier conversación que se plantee en el futuro como un reto personal, que consistirá en gestionarla de tal manera que resulte una buena experiencia compartida, antes que intentar a toda costa imponer dialécticamente nuestra tesis. Si intentamos esto último, solo conseguiremos, en el mejor de los casos, humillar a nuestro interlocutor y en el peor enfadarnos y debilitar las relaciones con nuestro ocasional oponente.

En resumen: adaptemos nuestro dialogo al nivel de nuestro interlocutor, pero controlando en todo momento que no se produzcan situaciones tensas de enfrentamiento agresivo ni de desprecio o falta de respeto. La consecución de este logro siempre nos reportará, como poco, la satisfacción personal de haber sido capaces de llevar a buen fin nuestro propósito inicial y sin perjuicios colaterales.

Cada conversación puede dar un fruto diferente. Lo importante es evaluar, al poco tiempo de haberla iniciado, qué es lo máximo que podemos esperar de ella e ir directamente a por ello.

8 Pensar por anticipado nuestra intervención

Por lo general, comenzamos a hablar arrastrados por una pulsión que surge desde lo más profundo de nuestra mente. El mecanismo cerebral encargado de la comunicación social nos impulsa a expresar nuestra propia opinión en relación con lo que oímos en cada momento, con independencia de que sea o no lo más adecuado para nuestros intereses.

Una de las tácticas más potente para mejorar nuestra intervención es pensar por anticipado lo que vamos a decir.

Esta técnica tendrá, entre otras, la virtud de reducir el número de nuestras intervenciones, lo que nos evitará decir imprudencias de las que luego podamos arrepentirnos. Además nos permitirá reflexionar sobre lo dicho anteriormente, y conformar un mensaje más claro, conciso y coherente.

Si nos obligamos a nosotros mismos a no dejar que escapen de nuestra boca las palabras bajo el impulso irreflexivo y placentero de soltar lo primero que se nos ocurre, mejoraremos considerablemente nuestra buena imagen como conversadores. 

Nuestros interlocutores nos juzgan por el número, calidad, coherencia y oportunidad de nuestras intervenciones, así que si hay una reflexión previa, nuestra imagen subirá muchos puntos en función del tiempo que dediquemos a preparar las contestaciones, que será el mismo que concedamos a nuestro interlocutor para desfogarse.

Los buenos conversadores hablan poco, pero cuando lo hacen dicen cosas que merece la pena escuchar, razón por la cual, todos guardan silencio y prestan atención. Los malos conversadores hablan mucho pero aportan poca información útil, por lo que nadie los escucha, dado que suponen que cuando comienzan a hablar sólo van a decir naderías o insensateces.

No debemos olvidar que la importancia de un emisor se mide por la calidad de la información que aporta, y que cada receptor se forma su propia opinión sobre el emisor, y emplea esa opinión para valorar por anticipado la conveniencia de escucharlo o no, de dejarlo hablar o de impedírselo. Crearse fama de mal conversador, garantiza que nadie nos escuche, en especial cuando hay más de un interlocutor disponible.

9 Calidad formal de la elocución

Elevar nuestro estatus de conversador, en su vertiente de emisor de contenido, es una necesidad  que no puede descuidarse, porque para ser un buen conversador no basta con ser un buen escuchador.

También resulta imprescindible hablar de vez en cuando y asegurarnos de que nuestras intervenciones sean de calidad, porque sólo así los demás tendrán interés en conversar con nosotros.

Ya vimos al principio que cada individuo intenta interaccionar con el interlocutor de mayor rango y calidad que sea posible, y para cumplir este requisito, se hace necesario demostrar nuestro estatus cada vez que tomamos la palabra. Esto significa que, si bien es cierto que nos gusta que nos dejen hablar, también lo es que no estamos dispuestos a perder nuestro tiempo con un interlocutor que está muy por debajo de nuestro nivel. Por ejemplo, el director de una gran empresa rara vez mantendrá una conversación con un mozo de reparto, por muy receptivo que este se muestre. Y la razón es que sólo son divertidas las conexiones relevantes, es decir, entre iguales o superiores, en cualquiera de los sentidos que puede entenderse el término "superior" en el ámbito de una conversación concreta (de mayor o menor edad, más rico, más simpático, más atractivo, con mayor capacidad de decisión, mejor adaptado, etc.).

La manera en que se conduce nuestro interlocutor, su vestimenta, su porte, su cargo, su estatus, su edad, su forma de hablar, la claridad, variedad y calidad de los contenidos, la gracia y dominio con que los expresa y otros muchos factores van a determinar el hecho de que obtener su atención nos resulte interesante o no.

Veamos algunas recomendaciones para mejorar nuestro estatus de interlocutor:

Responder pronto y con ingenio es una demostración de talento y de capacidad comunicativa, porque cuanto menos tiempo se tarda en realizar una tarea difícil, mayor es el mérito, el dominio y la capacidad que se demuestra.

Sin embargo, con frecuencia se cae en el error de replicar a nuestro interlocutor casi instantáneamente, porque es lo que vemos hacer a los demás y en especial a los triunfadores. Frente a este mal habito de contestar "al vuelo" cabe la estrategia contraria, es decir, la de habituarnos a responder pausadamente y difiriendo la respuesta dos o tres segundos por norma, incluso cuando ya conocemos la respuesta.

Esto nos concede un tiempo extra que nos libra de no pocas meteduras de pata y mejora la calidad de nuestras intervenciones. Si tenemos por costumbre contestar inmediatamente, a riesgo de decir insensateces, cuando difiramos la respuesta algunos segundos, estaremos indicando que nuestro cerebro no consigue encontrar una respuesta y eso transmitirá una imagen de debilidad a nuestro interlocutor. Sin embargo, si tomamos la costumbre de esperar dos o tres segundos antes de responder, esta peculiaridad será interpretada como un fuerte autocontrol sobre nuestras acciones y emociones, y si además viene acompañado de una respuesta inteligente, original y bien fundamentada, nuestros interlocutores esperarán con paciencia e interés la respuesta cuando finalmente nos decidamos a darla.

Las personas de mente rápida, lo que no significa necesariamente, profunda, juegan la carta de la velocidad, pero si poseemos una mente lenta, lo que es compatible con la profundidad y la excelencia, tendremos que habituarnos a una forma de dialogar que optimice esa circunstancia personal.

Adicionalmente hay muchos otros aspectos formales de nuestro discurso a los que tenemos que prestar atención para ir mejorándolos, porque de su perfeccionamiento y coordinación dependerá, en buena parte, la calidad de nuestras experiencias de relación con los demás. Veamos algunos puntos a considerar:

  • Vocalizar con claridad, para que el discurso resulte fácilmente legible. Si a los demás les resulta difícil entendernos, nadie se sentirá interesado por saber lo que decimos, dado que eso le va a suponer un esfuerzo adicional. Sería el caso de un texto escrito a mano y con una caligrafía poco legible. ¿Quién se tomaría la molestia de averiguar qué dice habiendo tantos textos perfectamente legibles?
     
  • Entonar adecuadamente para expresar con exactitud y claridad los sentimientos y emociones que acompañan al mensaje. Una buena entonación es esencial para el establecimiento de conexiones eficientes, porque las emociones son fundamentales para darle sentido e interés a los contenidos. Ayuda mucho prestar atención a los expertos (políticos, actores de doblaje, personajes públicos seductores, etc.) y realizar ejercicios de autoaudición para mejorar nuestras habilidades.

    Consideremos que hay personas que tienen un talento innato y sin esfuerzo consciente captan e incorporan a su propia forma de hablar, las técnica más eficientes que detectan en los demás. Sin embargo, no todos poseemos esas cualidades, pero sí que podemos compensarlas en buena medidas mediante un esfuerzo consciente y sistemático.
     
  • Es crucial termina las frases y las ideas durante nuestras intervenciones. A veces, mientras estamos desarrollando una idea, se nos cruza otra que consideramos más interesante y cortamos abruptamente nuestro discurso para reiniciarlo en otro punto distinto.

    Esta práctica denota inestabilidad mental, falta de fijación, ideas e intenciones poco claras y cambiantes, lo que nos convierte, por ese simple hecho, en un receptor/emisor de bajo nivel.

    Conviene habituarse a pensar por anticipado la idea que vamos a desarrollar, considerar si conviene exponerla, y si finalmente nos decidimos por salir a la palestra, pongamos toda la atención en expresarla con la mayor claridad y expresividad posible. Y tan pronto como la terminemos, guardemos silencio en lugar de recrearnos añadiendo vaguedades. Cada intervención nuestra sólo ha de contener una idea potente y clara y no una sucesión ilimitada de opiniones flojas y carentes de interés.

    De hacerlo así, nuestro interlocutor sacará la conclusión, basada en su propia experiencia, de que cada vez que tomamos la palabra, le convendrá callarse y escuchar con atención lo que vayamos a decir, sabiendo que será breve y que, por tanto, no tendrá que interrumpirnos para retomar la palabra.

    En este sentido, debemos acostumbrarnos a contar una historia o expresar una idea y callarnos. No enlazar una historia con otra hasta agotar la paciencia de nuestro interlocutor, como suele hacerse con frecuencia. Con esta conducta le estaríamos obligando a estar más atento a una pausa nuestra, para interrumpirnos y comenzar su perorata, que a lo que estamos diciendo.

    Una vez más, recordamos que una intervención normal debería estar en torno a los 30 segundos y no sobrepasar nunca los 2 minutos.